Relatos Breves
Esta semana te traigo, no uno… ni dos… sino tres relatos breves: «El Abuelo», «El Ritual» y «La Caída de un Rey», para que los disfrutes y te haga volar tu fantasía.
Esta semana te traigo, no uno… ni dos… sino tres relatos breves: «El Abuelo», «El Ritual» y «La Caída de un Rey», para que los disfrutes y te haga volar tu fantasía.
Por fin, mi hermana y yo habíamos encontrado un piso de alquiler en una zona próxima al centro. Se trataba de un edificio viejo, de los que se construyeron en la época de Franco.
Cinco pisos sin ascensor y dos viviendas por planta. El alquiler se ajustaba a nuestro presupuesto. De lo que no nos informó el de la inmobiliaria, era que en el precio incluía también aguantar a los vecinos.
Según él, acababa de cumplir treinta y seis años, noté que su rostro comenzaba a adquirir un gesto de irascibilidad, los ojos parecían salirse de sus órbitas y el tono grave de su voz me sobrecogía…
Me acerqué a la taquilla de la estación, pues mi destino final era una pequeña aldea llamada Gutilla. El hombre, que me miraba muy extrañado, me explicó que debía tomar el bus urbano que me llevaría a lo largo de tres kilómetros. Que me apeara en la última parada y desde ese punto, continuara a pie durante dos kilómetros más por un sendero ascendente, hasta llegar a Gutilla.
Me encontraba en la biblioteca, buscando misterios de la ciencia, intentando encontrar un tema que me inspirara. Quería que mi novela fuera diferente, enigmática. Era Antropóloga, me dedicaba a la investigación y en mis ratos libres a escribir.
De pie, frente al ventanal, sosteniendo entre sus manos una taza de café humeante, se encontraba Laura, extasiada observaba caer la lluvia sobre el jardín. A sus pies, se hallaba tumbado su anciano perro Klaus. Cualquiera pensaría que estaba absorta recordando el pasado, pero no era así. Hacía ya muchos años que había enterrado la mayoría de sus recuerdos.
¿Podemos imaginar cómo sería el mundo si no existieran las palabras?
Nos definimos a través de las palabras, nuestros pensamientos se construyen a través de ellas. Cada elemento de la existencia esta representado por una o varias palabras, por esta razón me atrevo a afirmar que “somos palabra”.
«Si perdemos la palabra lo perdemos todo y desaparecemos como especie».
Hacía casi tres años que Alicia trabajaba en esa estación de servicio. Todos los días se preguntaba así misma por qué tenía que aguantar esa situación, no solo porque allí se veía abocada a realizar un trabajo que no requería cualificación alguna, sino que además tenía que aguantar los maltratos de Encarna, la encargada. Una mujer entrada en años, delgaducha, con la piel blanca, de aspecto casi enfermizo, unos dientes de caballo que no armonizaban con el resto de su rostro.
La sombra de la abuela recorría los rincones de la vieja casona. Alguna vez me pareció verla a lo lejos, el miedo se apoderó de mí y se me helaron los huesos. Poco a poco me acostumbré a sentir su presencia. Quizás porque mi abuelo decía que ella le hacía compañía. Que no se había marchado y que no se iría sin él.
Los días de encierro se sucedían uno tras otro, un silencio sobrecogedor crecía e invadía aquel espacio que cada vez se hacía más pequeño, la noche se juntaba con el día y se perdía la noción del tiempo…. Mis pies descalzos rozando la tibia madera del suelo, se movían lentamente de manera concéntrica, haciendo que girara sobre mi misma. Me sentía suspendida en el tiempo, en aquel espacio.