La desaparición de Elisette

29 de Mayo de 2020

Me encontraba en la biblioteca, buscando misterios de la ciencia, intentando encontrar un tema que me inspirara. Quería que mi novela fuera diferente, enigmática. Era Antropóloga, me dedicaba a la investigación y en mis ratos libres a escribir. 

Llevaba más de un mes revisando datos, mitos, revelaciones científicas y no encontraba nada que realmente me llenara.

Estaba a punto de desistir, cuando me fijé en un libro muy antiguo, de tapas de cuero, las hojas amarillas, muy finas y la letra muy pequeña, escrito en caracteres muy antiguos. Databa del año 1700 y se titulaba: “La alquimia y otros misterios de la ciencia más oculta del Universo”. Me llamó mucho a atención, puesto que el siglo XVII, trajo la era de la revolución científica. Todas las ciencias comenzaban a expresarse con un lenguaje más estricto. Se imponía el método hipotético-deductivo científico, se expandían las Comunidades Científicas .

Al cogerlo, me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. El olor a viejo era penetrante. Lo tomé en préstamo y me lo llevé a casa. Algo me decía que en este libro encontraría la clave que daría rienda suelta a mi imaginación.

Era una fría tarde de noviembre. Llegué a casa sobre las seis. El piso estaba helado. Se trataba de una vivienda vieja, en el centro histórico de Bilbao. 

Tenía un salón con dos ventanas de madera, medianas, por las que entraba algo de sol por la mañana.  En la pared del frente había un sofá muy cómodo y un mueble sobre el que descansaba la tele.  Al fondo del salón, una pequeña mesa con dos sillas. La cocina, pequeña, pero suficiente para mí sola.

En una de las habitaciones estaba mi cama, una mesita con una lámpara vieja, que traje de casa de mi abuela. En la otra habitación, en la que entraba más luz por la tarde, ubiqué mi estudio. Una mesa para el ordenador y un mueble estantería, en el que iba acumulando mis libros, los apuntes, la correspondencia y no sé cuántas cosas más. El cuarto de baño, pequeño, al igual que el resto de la vivienda, pero tenía todo lo necesario. 

Dejé el libro sobre la mesa del estudio y encendí la estufa para calentar la estancia y fui a darme una ducha caliente. Preparé té y me dispuse a adentrarme en las entrañas de ese ejemplar único. Comencé a pasar páginas, con extremo cuidado, pues las hojas eran tan finas que daba la impresión que se iban a deshacer entre mis dedos. 

Hablaba de todo tipo de historias sobre la alquimia, pseudociencias que buscaban resolver los misterios de la naturaleza. De brujas y encantamientos, de miles de estudios científicos de anatomía, matemáticas, física, medicina. Datos que se aglomeraban en mi cabeza causándome confusión…

No me percaté de lo tarde que era, hasta que mi estómago comenzó a protestar, con mucho esfuerzo, abandoné el libro para comer algo. 

Después de comer, decidí ir a dormir para despejar mi mente y descansar. Me costó coger el sueño. A las cuatro de la mañana me desperté abruptamente huyendo de una pesadilla. Estaba empapada de sudor y el corazón agitado. Me levanté a beber un vaso de agua. No recordaba muy bien qué había soñado. No le di más vueltas. En vez de volver a la cama, me fui al estudio, encendí la estufa y me adentré de nuevo en el libro.

De repente, un título llamó poderosamente mi atención: “La misteriosa desaparición de la científica Elisette y su enigmático descubrimiento”. Al parecer, esta mujer pertenecía a una de las sociedades científicas más antiguas de Florencia. Según cuenta el libro, esta mujer descubrió una especie de elixir que podía transformar una especie en otra diferente. Llevaba toda la investigación en secreto y no quiso compartirla con los demás miembros de la sociedad. Todos sabían que estaba trabajando en algo muy importante y comenzaron a especular. El malestar se fue imponiendo entre los miembros de la sociedad, a tal punto que empezaron a confabular para intentar descubrir el objeto de la investigación de Elisette. 

Una mañana, la científica entró en su laboratorio y lo encontró todo revuelto, se habían llevado algunas de sus libretas de anotaciones y varios frascos con muestras. Enseguida giró la cabeza y respiró tranquila, al ver que no se habían llevado las plantas que estaban en la estantería.

En ese momento ella se dio cuenta del peligro que suponía seguir sus estudios en ese lugar. Así que metió en una caja de madera sus pertenencias, las tres extrañas plantas y sin decirle nada a nadie se marchó. 

Los científicos de la sociedad, frustrados porque en las anotaciones extraídas del laboratorio, no habían datos concluyentes de los experimentos de Elisette decidieron acusarla de brujería ante las autoridades. 

Esa misma tarde, un grupo de hombres armados, irrumpió en la casa de la mujer, pero para su sorpresa solo encontraron una nota en la que explicaba que su descubrimiento jamás vería la luz, puesto que era peligroso y podría cambiar las leyes de la naturaleza, las creencias y la Fe de los hombres. Además, si caía en manos de hombres sin escrúpulos, podría significar el fin de las especies, tal como habían sido creadas. 

La buscaron exhaustivamente. Organizaron comitivas secretas que recorrían ciudades y pueblos para encontrarla. Pusieron carteles ofreciendo recompensas al que diera pistas de su paradero. Y así durante muchos años. No encontraron ni un rastro, se la había tragado la tierra…

El corazón se me iba a salir del pecho, tenía los pelos de punta. ¡Esta es la historia! exclamé. Pero necesitaba más datos, perdí la noción del tiempo, seguí ojeando incesantemente el libro, pero no hallé nada más… ¡No puede ser, tiene que haber algo más!… ¿A dónde fue, qué le pasó, qué descubrió exactamente?. Tenía que despejar todas estás incógnitas. 

Así que decidí trazar un plan de investigación para encontrar las respuestas. Llamé a dos queridos amigos, con los que había trabajado en una investigación para un prestigioso Museo en Roma. Helena era de Madrid, pero llevaba muchos años viviendo en Italia. Tenía treinta y cinco años, una mujer alta, de labios gruesos, de ojos grandes color negro. Su cabello ondulado, era negro azabache. Estaba diplomada en Paleografía Bibliográfica.  Fulvio tenía cuarenta años, un hombre muy alto y delgado, de cabello rubio y liso. Sus ojos verdes y su nariz aguileña. Él era un  famoso Paleontólogo italiano. Era un hombre muy divertido y bastante atractivo. Ninguna mujer había logrado echarle el lazo, pues huía de los compromisos.

Les conté la historia de Elisette con tal entusiasmo, que logré contagiarlos. Fulvio y Helena se encontraban en Roma, ya que los dos trabajaban allí. Eso facilitaba mucho las cosas. Así que en cuestión de una semana, dejé todo organizado, cerré bien las puertas de casa, porque sabía que no volvería en mucho tiempo. Me dirigí al aeropuerto para tomar el vuelo que me llevaría a Roma. 

Me instalé en la casa de Helena, ella vivía sola y tenía bastante espacio para alojar a otra persona. Esa misma tarde me reuní con mis amigos en el Caffè della Place, cerca de la Place Nova, una de las cafeterías mas famosa de esta bella ciudad.

La suerte siempre me acompañaba, ya que Fulvio, comenzaba sus vacaciones, así que podría dedicarse a esta investigación en cuerpo y alma. Helena trabajaba en una de las Bibliotecas más importantes de Italia y tenía acceso a documentación y a libros clasificados.

Esa misma tarde, repartimos las tareas. Helena se dedicaría a buscar toda la documentación que existiese sobre Elisette y Fulvio y yo viajaríamos a Florencia, para intentar encontrar alguna pista de la sociedad científica a la que perteneció nuestra misteriosa mujer y algún dato de su descubrimiento.

Mi amigo consiguió algunos mapas antiguos de Florencia, para intentar determinar la ubicación de la Sociedad Científica. Gracias a sus credenciales, Fulvio pudo acceder sin problema a las salas de documentación de varios museos, e incluso a los documentos antiguos que guarda el Ayuntamiento de Florencia. 

Fue en la Biblioteca Nacional Central de Florencia, donde encontramos unos pergaminos muy antiguos, que hablaban de las sociedades científicas y en uno de ellos, escrito en latín, encontramos por primera vez el nombre de Elisette y su descubrimiento. 

Decía que no había evidencias reales de que esta mujer fuera una científica, ya que toda la Comunidad Científica había promulgado que se trataba de una bruja que tenía pactos con el demonio.

 ¡Vamos, solo les faltaba decir que había escapado volando en una escoba!

Hacía una semana que estábamos en Florencia, cuando recibimos la llamada de Helena.

Había encontrado un manuscrito que narraban parte de lo acontecido con Elisette. Al parecer, la mujer huyó con la ayuda de algunos aldeanos y un clérigo agustiniano, que custodiaba la Ermita de Montespecchio, ubicada al lado de uno de los bosques de la Toscana. Según el documento, este monje ocultó a la mujer en la Ermita, hasta que la búsqueda se desvió a otros territorios. Esto era todo, no había más datos.

Por nuestra parte, no habíamos encontrado nada más. Así que Fulvio me propuso hacer una visita a la Ermita con la idea de encontrar alguna pista más. Helena pudo conseguir unos días libres y se unió a la comitiva. 

Cuando llegamos, nos quedamos impresionados. Una construcción bellísima del  S.XIII resaltaba su arquitectura gótica y románica. Ubicada en las colinas, casi incrustada en el bosque, circundada por un arroyuelo de aguas cristalinas. El paisaje era impresionante.

Fulvio había contactado con las autoridades competentes, para que nos dieran una especie de salvoconducto que nos abriera las puertas de aquél sacro lugar. Por suerte,  en los meses de invierno la Ermita se encontraba cerrada al público. 

Provistos de linternas, sacos de dormir, algo de comida, agua y vino, nos dispusimos a escudriñar cada piedra, cada rincón, hasta encontrar algo.

En el interior, se sentía un frío sepulcral. La tenue luz que se colaba por los ventanucos, le daba un aire de misterio que hacía que se me pusieran los pelos de punta. 

El guarda nos abrió todas las puertas y nos indicó el acceso a una pequeña sala, en la que aún se conservaban algunos escritos en latín, realmente eran copias, los originales estaban preservados en el Museo de la Catedral de la Toscana.

 

Lo primero que hicimos fue recorrer las diferentes estancias que componían el edificio, apoyados en una hoja de ruta, que le daban a los turistas, con notas explicativas sobre la historia y los antiguos monjes que habitaron ese centro que esa época estaba dedicado al culto y oración.

Visitamos la planta en la que se encontraban, las que habían sido las estancias de los clérigos. El comedor, la capilla.

En la planta más baja, estaba lo que en su día fue el horno de pan.

Al lado del horno había una gran mesa de madera muy antigua y pesada. Nos llamó la atención ver que, debajo de la mesa, en el suelo, sobresalía una argolla metálica. Retiramos la mesa con mucho esfuerzo, pues pesaba una barbaridad. La argolla estaba anclada a una gran losa de piedra, tiramos entre los tres con toda la fuerza que teníamos, hasta que por fin cedió.

Se trataba de una trampilla. Al levantarla se asomaba una escalera muy estrecha. Encendimos las internas y bajamos con mucha precaución. Yo conté quince escalones. La escalera conducía a un salón de unos diez metros cuadrados.

Al fondo del salón, se alzaba una especie de murete de piedra, que bien podría haberse tratado de una especie de cama. Tenía un par de agujeros en la pared que daba al exterior, a modo de ventilación.

En los planos antiguos de la ermita no existía esa estancia. Tampoco encontramos ninguna referencia a ella en los documentos que explicaban la construcción y la historia del monumento. No fue difícil deducir que se trataba un lugar para ocultar secretos o personas. Quizás fue allí donde se escondió Elisette.

Ya había oscurecido, así que decidimos comer algo y meternos a los sacos de dormir para intentar entrar en calor. A la mañana siguiente, Fulvio nos despertó con el delicioso aroma de un café recién hecho. El hornillo de gas que llevábamos, había cumplido su misión. Nada más reconfortante para empezar la mañana.

Después de desayunar, salimos al exterior para lavarnos un poco en el arroyo y hacer nuestras necesidades. La mañana era fresca y el paisaje deslumbrante. A espaldas de la ermita, se extendía un bosque bastante frondoso, con árboles muy altos. No se escuchaban pájaros, tan solo el sonido de los graznidos de los cuervos.

Ya nos habíamos hecho una idea de la estancia, ahora decidimos centrarnos en los manuscritos que había en la sala de documentación. Todo estaba escrito en latín. Listas de nombres de todos los clérigos que habían vivido en la Ermita, de los que habían hecho retiros espirituales en ella, los peregrinos, etc.

Encontramos otro libro con plegarias, explicaciones bíblicas. Otro contaba la historia de la Orden de los Agustinianos y su misión en el mundo. Habíamos revisado casi todo. Empezábamos a frustrarnos. Así que decidimos descansar y comer algo, ya que quedaban pocos documentos para revisar.

Después del café, retomamos el trabajo. De pronto, encontramos una especie de pergamino en el que habían escrito una especie de cánticos, pero entre línea y línea aparecían unos acertijos. Para Helena no era difícil descifrarlos. Se puso a ello y… ¡EUREKA!… Allí se contaba la historia de la mujer que había descubierto la fórmula de Dios para crear a los seres de la tierra. Los cánticos rezaban: “Para salvar el mundo y el secreto de Dios, ella misma haría un sacrificio y se adentraría en el bosque y haría lo que tenía que hacer”.

Otro cántico describía el camino del bosque y daba pistas del lugar donde “aquélla mujer habría de yacer para siempre, tangible, palpable pero invisible a la vista de los hombres y sería la custodia del gran secreto de la creación”.

Mi corazón se había acelerado de tal forma, que sentía que me iba a desmayar. Miré a mis compañeros, estaban tan excitados como yo, sin necesidad de hablar, sabíamos cuál sería nuestro siguiente movimiento… Nos adentraríamos en el bosque, en busca de ese lugar.

Esa noche, decidimos bajar al pueblo con la idea de dormir en un hotel con calefacción,  y así podríamos descansar bien para preparar nuestra próxima aventura. A la mañana siguiente, Helena y yo fuimos a comprar víveres y Fulvio se fue a buscar una guía de los senderos del bosque.

En el Ayuntamiento nos facilitaron un plano de los recorridos que realizaban los turistas.

Se trataba de recorridos muy cortos y nunca se adentraban a las profundidades del bosque. Un carabinieri, le advirtió que tuviese cuidado, ya que ese bosque era muy espeso y perderse era muy fácil.

Nos reunimos de nuevo en el hotel. Hicimos las mochilas, repartimos los víveres e intentamos descifrar todas las pistas que nos conducirían hasta Elisette.

A espaldas de la Ermita se veía claramente un camino que se adentraba en el bosque. Nos pusimos en marcha. A medida que avanzábamos, el bosque se tornaba más espeso. En algunos puntos, las raíces sobresalían de la tierra y se entrecruzaban unas con otras y el suelo se tornaba blando por la acumulación de hojas secas. El musgo revestía todos los troncos y las rocas que circundaban en desorden por doquier.

Olía a tierra húmeda y aveces se percibían olores a  almizcles que en ocasiones eran agradables y en otras se tornaban un poco repugnantes. El movimiento de las hojas con el aire unido al rechinar de las ramas, junto al aleteo de algunas aves, causaban la impresión de que el bosque murmuraba.

En algunos tramos, la espesura impedía la entrada de la luz que parecía que la noche y el día aparecían continuamente.

En algunos tramos el camino era evidente, sin embargo en otros se perdía y era necesario intuirlo. Avanzábamos con lentitud. El camino no se presentaba libre de obstáculos. Ibamos muy atentos para no perder el rumbo.

Llevábamos caminando cinco horas, así que paramos para comer un poco y revisar las pistas que habíamos encontrado. Una de ellas hablaba de una gran roca, afilada que apuntaba al cielo y cincuenta pasos al norte la gran cruz. Habían pasado siglos. ¿Cómo podíamos creer que íbamos a encontrar las señas que indicaban los cánticos? El bosque estaba vivo y podía haber cambiado con el paso de los años. Esta reflexión resultaba frustrante.

Fulvio, que era un hombre muy positivo dijo: -“Chicas, ya que estamos aquí, vamos a tomar este asunto como una aventura de exploradores. Si no encontramos nada, por lo menos habremos recorrido este tenebroso bosque y tendremos una historia para contar a nuestros amigos”, y soltó una carcajada que rompió la tensión del momento.

Caminaríamos hasta encontrar alguna explanada para tender la tienda de campaña, no queríamos que nos pillara la noche sin encontrar un lugar cómodo para dormir.

El camino se estrechaba en algunos puntos, la maleza lo invadía todo. Daba la impresión de que por allí nunca circulaba nadie.

Al final, nos pilló la noche, tuvimos que sacar las linternas. Helena y yo empezábamos a desesperarnos, el bosque empezaba a adquirir un cariz tenebroso. Además, estábamos exhaustas.

De repente, Fulvio avisto algo…”¡Chicas, chicas, mirad, mirad!.. Tranquilas, creo que he encontrado un lugar para acampar”. Así era, una explanada. Nos apresuramos a tender la tienda. Preparamos unos bocadillos y un té caliente. No sabíamos en qué lugar del bosque nos encontrábamos. Cabía la posibilidad de que nos hubiéramos desviado. Ahora nos daba igual, solo queríamos descansar. Cuando amaneciera, tomaríamos una decisión.

Como siempre, Fulvio fue el primero en levantarse, preparó café y nos llamó.

La luz del sol se colaba entre las copas de los árboles. Estábamos en un sitio precioso. En ese momento, mis temores se disiparon. Parecía un bosque diferente.

Helena sujetaba su taza de café con las dos manos, se había quedado extasiada, contemplando el paisaje, cuando… ¡Lo hemos encontrado, lo hemos encontrado!, exclamó, mientras señalaba con el dedo… Un pedrusco angular, muy afilado, revestido de musgo, terminado en punta, medía más o menos dos metros. Es la piedra que apunta al cielo, dijo mientas sacaba sus apuntes. ¿Y la cruz?…¿dónde esta la cruz?… Empezamos a mirar, por aquí, por allí y nada.

De repente, lo vi claramente, habíamos plantado la tienda de campaña en el punto convergente de cuatro caminos. La cruz, eran esos cuatro caminos. Empezamos a dar saltos y a reír. Desmontamos, la tienda, lo recogimos todo y empezamos a analizar la situación. Helena, descifró el último acertijo, que rezaba así: “En la punta más corta de la cruz, se halla la piedra por la que exhuma el agua…y allí se planta el sacrificio humano”…

¿Qué camino debíamos tomar?, obviamente la punta más corta de la cruz, era la cabecera. Fulvio sacó la brújula, se puso en el centro. Ubicó el norte y nos dijo que tomaríamos ese camino. Pura intuición.

Le seguimos. Habríamos caminado, no sé, como quinientos metros, cuando empezamos a escuchar el ruido del agua… Nos apresuramos, la emoción crecía, podía escuchar el latido del corazón… Allí estaba, una pequeña roca de caliza, con un agujero tallado por el paso del agua que caía formando una pequeña poza. La piedra estaba casi empotrada en la raíz de un árbol. Todo estaba revestido por el musgo.

Teníamos la impresión de que algo se nos escapaba. Miramos alrededor, rodeamos el árbol con la piedra, no éramos capaces de ver nada más.

Nos sentamos en el suelo. Decidimos que teníamos que sosegarnos y meditar un poco la situación. Cerré los ojos y me relajé. Casi me quedo dormida. De pronto, comencé a abrir los ojos lentamente, y empecé a mirar el árbol de abajo hacía arriba. Se me heló la sangre.

Con la voz temblorosa, les pedí a mis compañeros que observaran el árbol. Se quedaron petrificados como yo… Era ella, era Elisette, había usado su elixir y se había convertido en otra especie. Tenía sentido. Los seres humanos tenemos el mismo ADN que los árboles, solo que cambia el orden molecular.

Elisette había descubierto la fórmula para cambiar el orden de las moléculas que forman el ADN. Ella desconocía por completo estos conceptos, pero de lo que estaba segura, era que debía ocultar este descubrimiento por el bien de la humanidad. Y allí estaba ese árbol con forma de mujer, custodiando su secreto para toda la eternidad.

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