Relatos Breves

16 de Diciembre de 2020

El Abuelo

Yacía sobre su cama. Cubierto con la manta parecía dormido. Su rostro evocaba serenidad, no se advertía ni una sola señal de angustia, incluso parecía que sonreía. Se había acostado vestido con su mejor traje, esperando que la muerte no lo sorprendiera en pijama. Sabía que esa sería su última noche. 

Era octubre, el frío se había instalado en la vieja casona. Hacía varios días que no iba a verlo. 

Yo odiaba ir a esa casa. Deseaba llevarlo a una residencia. Cuando murió la abuela quise venderla pero él jamás quiso irse de allí. Terco como una mula, aferrado al pasado y a unas tierras baldías “que a falta del arado” invadían las malas hierbas.

La sombra de la abuela recorría los rincones. Alguna vez me pareció verla a lo lejos, el miedo se apoderó de mí y se me helaron los huesos. Poco a poco me acostumbré a sentir su presencia. Mi abuelo decía que ella le hacía compañía. Que no se había marchado y que no se iría sin él. 

Ahora me encuentro aquí, contemplando su lecho de muerte. No puedo parar de llorar. Recorro con mi mirada toda la habitación en busca de sus sombras pero ya no están, y entonces comprendo que se han ido juntos de la mano para siempre.

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El Ritual

Sonó el despertador, a las seis y cuarto de la mañana. Siempre se levantaba a la misma hora. La rutina era su norma. Siempre se despertaba un poco antes de que sonara el despertador, pero Juan esperaba a que ese “ring” agudo resonara. Estiraba el brazo, lo apagaba. Se levantaba, iba al baño, se lavaba, se vestía con la ropa que había dejado preparada la noche anterior y bajaba a la cocina. Preparaba el café y disfrutaba de su aroma unos segundos, antes de dar el primer sorbo. 

Si no fuera, porque cada día se cambiaba de camisa, nos parecería solo una escena en bucle. 

Fina, la vecina de abajo, miraba el reloj a las siete en punto, escuchaba el golpe seco que producía la puerta de Juan al cerrarse. El primer año, cuando se mudó al edificio ese hombre, le hacía gracia escuchar el golpe a la misma hora. Pero ahora, esperar a que Juan cerrara su puerta mientras comprobaba la hora, también se había convertido en un ritual.

En esos cinco años nunca había visto la cara de Juan. Le gustaba imaginárselo, eso le daba morbo y la entretenía.

Pero la mañana del 20 de noviembre, algo cambió, quizás hubo un salto en el túnel del tiempo, quizás Juan se quedó petrificado en su cama o tal vez Fina no volvió a abrir los ojos. Lo cierto es que esa mañana no hubo portazo, o quizás nadie lo oyó.

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La Caída de un Rey

Erase una vez la historia de un monarca, que fue llamado a reinar el día que murió el dictador. Aclamado por un pueblo que estaba cansado y abatido por los abusos extremos del régimen. Hambrientos de libertad y de democracia, pusieron todas sus ilusiones en ese hombre educado, inteligente y bien parecido descendiente de la realeza de los Borbones, para que los representara y estrechara las relaciones diplomáticas con los demás países de su continente. Casado con doña Sofía de Grecia, una mujer prudente, elegante e inteligente, que gozaba de la admiración de todos. Que supo llevar su papel de Reina consorte e incluso soportó con dignidad todos los amoríos de su infiel Rey.

Este hombre que gozaba de buenas amistades e intimaba con algún jeque árabe, vivía la vida loca en total clandestinidad. Hasta que un día, ya entrado en años, fue sorprendido cazando elefantes en un safari. A partir de ese momento salieron a la luz todos sus desmanes. Y fue así como perdió el reino, a su esposa, a su hijo heredero del trono y hasta su propia dignidad. Se le ordenó dejar sus títulos nobiliarios y abandonar el país.

Ese pobre hombre desterrado, hoy solo pide que le dejen volver a casa por navidad.

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