Mis queridos vecinos

25 de Noviembre de 2020

Por fin, mi hermana y yo habíamos encontrado un piso de alquiler en una zona próxima al centro. Se trataba de un edificio viejo, de los que se construyeron en la época de Franco. 

Cinco pisos sin ascensor y dos viviendas por planta. El alquiler se ajustaba a nuestro presupuesto. De lo que no nos informó el de la inmobiliaria, era que en el precio incluía también aguantar a los vecinos.

Bajamos de la furgoneta. Nos quedamos observando durante unos minutos la fachada del edificio. Estaba pintada de gris claro y las contraventanas de madera de color verde. En ese momento nos dimos cuenta que tras el visillo de la ventana de la planta baja, alguien nos observaba, retirando la cortina con disimulo. Por la silueta, pensamos que era una mujer.

Abrimos la puerta con dificultad, pues era de madera maciza, de las que ya no se hacen, y pesaba un montón. El rellano era cuadrado y muy pequeño. En frente, se extendía hacía  arriba una escalera estrecha con los escalones altos. Subimos las cosas con mucha dificultad.

Nuestra casa estaba en la segunda planta. Un piso bastante amplio, con un salón grande, tres habitaciones, cocina y baño. 

La casa estaba semi-amueblada, con lo cual, nos bastó alquilar una pequeña furgoneta para llevar las pocas posesiones que teníamos. 

Aún no habíamos terminado de desembalar nuestras cosas, cuando sonó el timbre. Mi hermana extrañada se apresuró a abrir… Se trataba de una mujer de unos ochenta años, diría yo. De estatura media, regordeta, muy arreglada y maquillada.  El cabello repeinado y tieso por la laca. Pero lo que más llamaba la atención era el olor a pachuli que emanaba y su voz aguda, podría decirse chillona. La mujer con sus maneras mostraba una actitud muy altiva y atrevida. Su acompañante era un hombre de la misma edad, quizás… Medía más o menos metro ochenta, muy delgado, su cabello era canoso y abundante. Llevaba una camisa blanca y un pantalón de paño. Las manos entrelazadas atrás y la mirada al suelo. Era presumible que no estaba aquí por voluntad propia. De su voz no puedo decir nada, pues no abrió la boca en ningún momento.

– ¡Hola!.. Me llamo María y este es mi marido Luis. Somos los vecinos del bajo A. Hemos visto que os estáis mudando y queríamos daros la bienvenida.

– Así es, estamos instalándonos. Me llamo Olga y ella es mi hermana, Jacqueline (Saludo con la mano y una sonrisa).

– ¿Podemos pasar?… Aún no sabemos cómo dejaron el piso las últimas chicas que vivieron aquí. 

– ¡Hemm! Bueno… sí, sí pasen! pero como podrán ver, llevamos pocas horas en el apartamento y estamos desembalando las cosas, así que no está en condiciones. Je, je!

– No importa. Contesta la mujer con tono atrevido.

Se adentran y sin ningún recato se dan un paseo repasando cada rincón del habitáculo. Mi hermana y yo nos miramos y hacemos un gesto de asombro.

– ¿Sois amigas? Pregunta la mujer.

– Somos hermanas. -Contesta Olga-.

– Pues mejor, porque las anteriores inquilinas eran tres amigas, “que universitarias” decían ellas, pero no hacían otra cosa que recibir visitas de hombres… ¿Ya me entendéis no? -No creáis que soy una chismosa, pero cuando se vive en una comunidad tan pequeña, es fácil darse cuenta de esas cosas.

– Bueno, pues de verdad es que le agradecemos su visita, pero como podrá darse cuenta, estamos muy ocupadas… Le comenta Olga, con una medio sonrisa.

El hombre no decía nada, se notaba que estaba incómodo o quizás avergonzado.

– Lo entiendo, no queremos molestar, dijo la mujer torciendo la mueca. Pero creo que antes de irnos tenemos que contaros algunas cosas importantes, ¿verdad Luis?.. Mira a su marido, pero el hombre ni se inmuta.
– Vuestro vecino de en frente, (continuó hablando la mujer) es un hombre muy raro, no sabemos en qué trabaja ni a qué se dedica. Entra y sale a unas horas muy raras y no suele saludar. Siempre va vestido de negro y no suelta su maletín, ni para sacar el correo del buzón. Lleva viviendo aquí cinco años, y aún no sabemos ni su nombre. Vosotras por si acaso, debéis tener cuidado.

Nosotras la mirábamos atónitas y no decíamos nada.

– Y para colmo, (continuó la mujer) el año pasado le alquilaron el tercero A a una pareja de chinos, pero ahora deben vivir por lo menos quince y por la noche no paran de subir y bajar cajas, ¡Me gustaría saber a qué negocios raros se dedican!, reflexiona la mujer…

Mi hermana, sin dejar de sonreír, se acerca a la puerta de la calle, la abre y con la mano invita a salir a nuestros visitantes.

– Les agradecemos su visita y la charla, tan interesante, pero tenemos que terminar de instalarnos…

– Sí, sí… ya nos vamos, pero era importante… Aún no había acabado la frase, cuando el hombre la empuja disimuladamente para que salga de la casa… Bueno si necesitáis algo, ya sabéis dónde vivimos. 

– Adiós, adiós! le decimos las dos, mientras Olga cierra la puerta y me dice: menos mal que no es chismosa… Y rompemos las dos a reír.

Por la tarde, mi hermana y yo decidimos salir a dar un paseo. En el rellano  encontramos a dos vecinas hablando y al vernos subieron la voz, quizás con la intención de que nos diéramos por enteradas de su conversación:

– ¡Oye, ¿te has enterado que tenemos vecinos ocupas en el quinto B!?

  Sí, coincidí con ellos en el rellano… María, la del primero A, los estaba interrogando, cómo no, y cuando me vio, me hizo una señal para que me quedara. 

– Nos contaron que eran de Melilla, pero tenían un amigo que vive aquí. Ese amigo los llamó un día diciéndoles que tenía trabajo para ellos y una vivienda, así que se ilusionaron mucho y sin pensarlo dos veces, cargaron el coche con las pocas cosas que tenían, sus tres niños y emprendieron el viaje. Cuando llegaron a Zaragoza lo llamaron, pero el amigo no daba señales de vida, había desaparecido. Han estado durmiendo en el parque durante tres días y unos individuos que les habían visto, al tercer día, se acercaron a ellos y les dijeron que sabían de un piso que pertenecía al banco y que estaba vacío. ¡Y aquí están!…

– Pobre gente, dijo la otra mujer.

– Pensé que podríamos hacer algo para ayudarlos. Pero estuve hablando con Ignacio, el del tercero B, se enfadó muchísimo. Dice que no está bien lo que han hecho y que se tienen que ir…

Las dos mujeres que estaban bloqueando la salida, ya que el rellano es muy estrecho, se giraron hacia nosotras… -¡Perdonen, que no las dejamos salir! Sonríe.

– ¡Hola!… les dijimos. Nos acabamos de mudar al segundo B.

– ¡Hola!… contestó una de las mujeres… Pues ya están enteradas de que tenemos ocupas…

– De todas maneras se iban a enterar… “Radio Patio” ya lo debe estar difundiendo por todas partes!… dijo la otra vecina, terminando la frase con una carcajada…

– ¿La señora María? preguntó Olga tímidamente.  
Las dos mujeres soltaron la carcajada.

– Me llamo Paula, soy del cuarto A y ella es Luisa del cuarto B. Un placer.  Veo que ya conocéis a “Radio Patio”. Nadie pasa desapercibido. Ella se entera de todo y luego comparte la información con los demás vecinos…, claro, siempre matizada con su punto de vista. 
Entre risa y risa, nos despedimos de las mujeres y salimos.

– Bueno, nosotras que queríamos vivir en un remanso de paz, hemos venido a parar en una comunidad de vecinos movidita. Eso parece, contestó Olga.

Al regreso, decidimos entrar en una cafetería que se encuentra al lado de nuestra nueva casa. Mientras tomábamos un café, no pudimos dejar de escuchar la conversación que tenían dos hombres que estaban sentados en la mesa contigua.

Uno de ellos, de unos cuarenta y cinco años, muy alto y delgado, con la voz muy grave y ronca comentaba con el otro hombre, más o menos de la misma edad, solo que más bajo, de estatura media y tirando a gordo.

– Pues estoy harto, ayer vino Dolores, la del primero B y me dijo: “Tú eres el presidente de la escalera, así que tengo que dirigirme a tí.(Intentando imitarla y poniendo un tono ridículo). Algún vecino cuando baja la basura, debe arrastrar las bolsas y va dejando un rastro de líquido hediondo por todo el rellano y tengo que estar limpiando continuamente”.

– ¿Y sabes quién es? le pregunté.

– Pues no, si lo supiera, se lo diría yo personalmente, ¿no crees?. Es más, es que no lo sabe ni “Radio Patio”.  He preguntado a otros vecinos que también están enfadados y nadie sabe nada. Por eso estoy aquí. Como presidente de la escalera tienes que hacer algo (Seguía imitándola con muecas y tono burlón)

– ¿Y qué esperas que haga? preguntó el otro hombre.

– ¡Yo que sé! Le he dicho de convocar una junta para poner una cámara y así pillar infraganti al susodicho y ha puesto el grito en el cielo… Que si eso era muy caro, que no estaba dispuesta a pagar más derramas, que si tú eres el presidente soluciónalo, y como si fuera poco va y me suelta: “otra cosita, que no se te olvide que tenemos ocupas, a ver que vas a hacer con ese asunto”. Se da media vuelta y se va tan ancha.

– ¿Y a todas estas, tú qué opinas de los ocupas?, pregunta el otro hombre.

– A mí qué más me da. Es una familia tranquila, no se les oye y no dan ningún mal. El problema es del dueño del piso, es decir, del banco.

 Alfonso, si te digo la verdad, estoy contigo. A mí no me molestan. Pero Andrea no para, está intentando ir piso por piso para encontrar apoyos para echarlos…

– ¿Quién es Andrea?, no le pongo cara…

– Sí, la del quinto A… La rubia que siempre va peripuesta y maquillada…

– ¿La buenorra?  ¿La que siempre deja a su paso la escalera perfumada?

– Sí, esa. Pero lo que tiene de buenorra, lo tiene de loca. ¡Menuda pieza!.

– ¿Por qué lo dices?

– Es una histérica. Me contó Paula, la del cuarto A. Ya sabes que es enfermera y trabaja a turnos. Pues se ve, que la rubia buenorra está todo el día caminando por casa con los taconazos  y cuando Paula hace turno de noche, viene a casa a eso de las 9 de la mañana, se mete en la cama, pero le es imposible dormir debido al continuo taconeo de su vecina. Así que un día fue a hablar con ella y, con mucha educación,  le pidió que en la medida de lo posible, mientras estuviera en casa, no se pusiera los tacones, y le explicó los motivos. No veas la respuesta que le dio: “¡Estoy en mi casa y si quiero caminar con tacones, pues lo hago!” y le cerró la puerta en las narices. Desde ese día, el taconeo es más continuo y los golpes más fuertes. 

Mi hermana y yo, decidimos volver a casa. Salimos de la cafetería muy sorprendidas. Aún no había pasado un día desde que nos instalamos y ya sabíamos un montón de historias de nuestros vecinos. Entramos en el edificio y subimos casi de puntillas, queríamos pasar desapercibidas y por el momento no ser la comidilla. Aunque nos quedó claro, que en una escalera tan estrecha, solo era cuestión de tiempo.

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