Una historia de Navidad cuando esta, aun no existía.
(6ª y última parte)

27 de Enero de 2021

EL ENCUENTRO CON LOS LOBOS

Al final del día, habían llegado a la zona más empinada del camino. Pier no quiso arriesgarse a que les pillara la noche, así que buscó por los alrededores un lugar donde refugiarse. Se salió del camino adentrándose un poco en el bosque. A pocos metros encontró una roca que se había desprendido de una gran muralla de granito. Entre la roca y la pared, había un agujero. Le pareció perfecto para pasar la noche un poco resguardados de la intemperie. Tendió la piel de oso. Se sentó, el reno se tumbó a su lado. Pier sacó la carne y las frutas. El viento era cada vez más fuerte, las nubes se disipaban y se comenzaban a ver las estrellas. La luna llena empezaba a iluminarlo todo. Pero el frío era helador.

En ese momento escucharon los aullidos de los lobos.
El muchacho se acerco a la tripa del reno y se tapó con el abrigo.

Pier cerró los ojos y pidió a los espíritus que permanecieran al lado de su madre, que no permitieran que se apagara. Luego pidió a la Diosa de la montaña que le permitiera llegar hasta ella. Que lo guiara. Con estos pensamientos comenzó a quedarse dormido.

De repente, el reno comenzó a ponerse muy nervioso. Pier despertó. Niti se levantó de un salto y bramó.
-¿Qué pasa Niti?

De pronto Pier divisó unas lucecillas brillantes. Niti se levantó en las dos patas. Los lobos se fueron acercando lentamente hasta que Pier los divisó con claridad.
Cuatro grandes lobos comenzaron a rodearlos.
– ¡Largo de aquí!, les gritaba Pier con la intención de ahuyentarlos.
Pero los lobos  se seguían acercando, enseñando sus afilados colmillos. Niti, se giraba lanzando coces al aire. Pier agarró el bastón e intentó intimidar a las fieras. Pero estaban hambrientos y no iban a cesar en su ataque.

De pronto apareció otro lobo. Se trataba de una gran manada. Estaban rodeados.
Los gritos de Pier y sus amenazas con el bastón no surgían efecto. El miedo se apoderó del muchacho. Los tenían contra la pared. El corazón de Pier latía a gran velocidad. 

Uno de los lobos lanzó su ataque contra Niti. El reno se revolvió soltando una coz, el lobo chilló, pero enseguida otra de las fieras lo había pillado del cuello. Pier lo golpeó con el palo, pero el lobo no soltaba a Niti. 
De pronto, el joven se vio en el suelo. Un lobo había clavado sus afilados colmillos en su pierna.  Un par de lobos más, se abalanzaron sobre el reno. La adrenalina no le permitía sentir dolor alguno. Pero se sentía indefenso, por un momento pensó que de esa no saldrían, que era el final. 

De repente, algo sucedió. El lobo lo soltó y dio un brinco, al igual que las fieras que habían enganchado a Niti. Se oyó un rugido estremecedor, los lobos huyeron despavoridos. Niti se levantó muy nervioso.
Pier casí no podía respirar, estaba bajo un ataque de nervios. En ese momento el chico vio pasar una sombra gigante en dirección a los lobos.
Les costó un rato recuperar el aliento. El pelo blanco de Niti estaba teñido de sangre. 

Poco a poco se fueron tranquilizando. Niti comenzó a lamer las heridas de su pata.
Pier respiró profundo. En ese momento se dio cuenta que le dolía todo el cuerpo, en especial la pierna. Tenía el pantalón rasgado. Se bajó el calcetín. El gemelo le sangraba. El lobo le había dado un buen bocado. Pier cogió el lazo que Matilde había atado al cuello de Niti y con él cubrió su herida. Las mordeduras en el brazo, eran mas superficiales.
El chico revisó las heridas de Niti. Las del cuello, por suerte no eran demasiado profundas. La de la pata estaba un poco abierta, pero apenas le sangraba. 

Pier se sentó de nuevo sobre la piel de oso. Niti seguía nervioso, pero se tumbó al lado de su amo. El frío era intenso. El viento soplaba a ráfagas muy fuertes. La noche era clara, la luna lo iluminaba todo. Pier se puso el abrigo por encima. no había sido consiente del frío hasta que sus pulsaciones se normalizaron.

En ese momento de tranquilidad, cayó en la cuenta.
– ¿Qué sucedió, qué fue eso que espantó a los lobos y nos salvó la vida?, se preguntaba.

Mientras se sobreponía al susto, intentaba recordar la escena, pero solo resonaba en su cabeza una especie de rugido agudo y ensordecedor y a continuación la imagen de una gran sombra que pasó a gran velocidad, casi rozándolo y que no pudo distinguir muy bien, pero que le provocó un fuerte escalofrío.

– Hemos tenido suerte Niti. No creo que los lobos regresen. Tenemos que descansar. Aun tenemos mucho camino que recorrer. Comentó Pier a su amigo inseparable.
Por más que lo intentó no pudo dormir. Le dolía mucho el cuerpo, el viento soplaba sin parar y no podía dejar de pensar en lo que les había sucedido.
Niti tampoco dormía.

Comenzaba a amanecer cuando se pusieron en pie. A Pier le costaba moverse, estaba muy dolorido. Su pierna mal herida le obligaba a cojear. Recogió las cosas. Niti había recuperado la calma. Cuando se disponían a emprender la marcha, algo llamó poderosamente la atención del chico. En la nieve se dibujaban las huellas de los lobos, las suyas propias y las de Niti. Pero habían otras huellas muy diferentes, parecían de pies humanos pero de tamaño gigante. Por la forma de las huellas, se podía deducir que esos pies terminaban en garras. Un escalofrío recorrió el cuerpo del muchacho.

– Estás huellas son de la fiera que asustó a los lobos, pensó.
– Niti, estás deben ser las huellas del Wīhtikōw. No es una leyenda. Nos ha salvado, dijo Pier con gesto de asombro.
– Vamos amigo. Tenemos que continuar, le dijo al reno dándole una palmada en el anca.

Había helado por la noche. La nieve estaba más endurecida y se caminaba con más facilidad. Pero de vez en cuando unas fuertes rachas de viento, les obligaba a ralentizar la marcha.
Poco a poco fueron salvando la fuerte pendiente.

Cerca del atardecer, llegaron a la explanada. Pier miró a lo lejos. Era un paisaje totalmente diferente al del verano. El lago estaba helado y cubierto de nieve. Las montañas se veían totalmente blancas. Las crestas rocosas estaban tapizadas por la nieve. El viento no cesaba. El muchacho se sentía totalmente fascinado por el paisaje, pero a la vez, le asaltaban las dudas y el temor. De pronto, un fuerte estallido se oyó a lo lejos y detrás del sonido, un alud de nieve se precipitaba montaña abajo. Pier se sobrecogió. 
-¿Cómo vamos a llegar hasta la montaña Niti?
-¿Cómo vamos a ver la cueva si esta todo cubierto por la nieve?.
-Estamos exhaustos, muy doloridos. Hace varios días dejamos el poblado. Solo espero que madre siga viviendo. Las lágrimas le sobrevinieron y se abrazó al cuello maltrecho de Niti.
-¡Vamos amigo, tenemos que llegar hasta la linde del lago antes de que anochezca!.

Siguieron caminando con mucha dificultad.  Por fin alcanzaron lo que Pier creía que era el borde del lago. 
Niti estaba sediento, mordisqueaba la nieve. Pier prestaba atención a ver si escuchaba algún torrente, pero todo estaba congelado, así que decidió comer un poco de nieve. La noche empezó a caer, pero había mucha claridad, la luna lo iluminaba todo. El viento había parado, permitiendo que el ambiente fuera menos desagradable. Aunque el frío seguía siendo penetrante.

-No voy a desistir, bordear el lago nos llevaría otra jornada. Tenemos que cruzar por el medio. Solo puedo esperar que la Diosa nos proteja y no se rompa el hielo, le decía Pier a su reno, aunque más bien era una forma de auto convencerse. 

 
EL ENCUENTRO CON LA MONTAÑA SAGRADA

Cuando se disponían a emprender la marcha, sucedió algo increíble. Una estrella muy luminosa asomaba por encima de las crestas rocosas. El brillo era muy luminoso, eso llamó poderosamente la atención del muchacho. Daba la impresión de que la estrella se movía y bajaba, casi hasta tocar la cima de la montaña Fay. Su brillo era cada vez más intenso. De pronto, un haz de luz empezó a bajar por la montaña, cruzó el lago hasta los mismos pies de Pier. Durante unos segundos, el chico se quedó absorto. Le costó reaccionar. La luz marcaba el camino  atravesando el enorme lago hasta la montaña.

– Apenas puedo caminar, estoy congelado y ya no siento los pies, dijo en voz alta. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas enrojecidas por el frío.
En ese momento Niti dobló sus patas y con el morro, le dio un empujoncito a Pier.

El joven subió al lomo de su reno. No fue muy consciente de cómo se sucedieron los acontecimientos a partir de ese momento. El reno seguía la señal de luz. 
Cruzó el lago en un abrir y cerrar de ojos, como si el camino fuera firme. Pasó por encima del alud sin ninguna dificultad.
La luz llegaba hasta la base de la Montaña Sagrada. Llegados a ese punto, el reno dobló sus patas para que el chico bajara.
La luz salía de una especie de cueva de hielo. Pier comenzó a caminar hacia la cueva. Cuando hubo alcanzado la entrada, recordó la historia que le había narrado Eleonor, sobre el ritual que hacía el Chamán antes de entrar.

Así que… se puso de rodillas y dijo: – “Señora, Diosa de las Rocosas, pongo mi alma al servicio de estás tierras y de los seres que las habitan”. En ese momento se iluminó por completo la entrada a la cueva. 

El muchacho se puso de pie, estaba ensimismado, todo parecía una alucinación. Caminó lentamente hacia las entrañas de la montaña.
Cruzó una especie de pasillo y fue a parar a una gran sala tallada en la roca. En las paredes se producían pequeños destellos de luz de colores, como si hubiesen pequeñas piedras preciosas incrustadas.

Ya no sentía frío. Su cuerpo había entrado en calor. Se sentía liviano y ya no sentía el dolor de las heridas producidas por las mordeduras. 

En el recinto había un silencio absoluto. La sensación de paz invadió todo su ser. Respiraba lentamente, no quería perturbar la armonía de ese momento mágico. Recorrió con su mirada todo el habitáculo. 

Reparó en una concavidad de la que surgían una especie de flujos luminosos con los colores del arcoíris que se movían y se entrelazaban unos con otros.

En ese momento, recordó al Chamán entregando su posesión más preciada como símbolo de desprendimiento y generosidad.
No dudó ni un segundo, se acercó a la concavidad, tomó el colgante con el colmillo del puma, lo apretó entre sus manos por última vez y se lo ofreció a la Diosa. Lo depositó en el agujero. 

El chico acertó a decir, con tono melancólico: – “Vengo a pedir una cura o un milagro que sane a mi madre”. 
De pronto…
– Pier Nadawi, has llegado hasta aquí con un propósito noble. Tu corazón es valiente. Has demostrado generosidad, has puesto en peligro tu vida por salvar la de tu madre y eso te honra. Has mantenido firme tu fe y has cultivado la pureza en tu corazón. Eres digno heredero de las mejores cualidades de tus ancestros.

El muchacho escuchó atónito esa voz cálida y melódica dentro de su cabeza. En ningún momento percibió que el sonido viniese del exterior.
– Tres regalos te dejo, una cura para Wakanda, tres piedras: Un cuarzo Cristal de Montaña como símbolo de la sanación y las artes curativas. Un cuarzo Amatista que simboliza la protección de tu espíritu y de tu tierra. Y un cuarzo Rosa, que simboliza el amor infinito. Estas piedras te guiarán en el sendero de la vida, en cada preciso momento sabrás como utilizarlas, y el tercer regalo es un puñado de semillas, que habrás de utilizar en periodos adversos para la tierra. Con ello evitarás la hambruna para tu pueblo. Y ahora, puedes irte en paz. Terminó diciendo la Diosa de las Rocosas.
– Gracias mi señora. Solo espero llegar a tiempo, respondió Pier, que aún permanecía en estado de éxtasis. La voz se disipó y el silencio inundó de nuevo el recinto.                                                                                     En ese momento, el chico observó que en la cavidad en la que había depositado su colmillo, habían tres saquitos de piel. Uno contenía hojas secas, otro los tres cuarzos y el otro las semillas.
Los guardó en su bolsillo. Hizo una reverencia y comenzó a caminar hacia la salida. 
“Llevo cuatro días fuera del poblado, espero poder llegar a tiempo”, pensaba Pier mientras llegaba a la boca de salida de la cueva. 

REGRESO A CASA

Al salir, lo primero que hizo fue buscar a Niti. Estaba oscureciendo. La luna había comenzado a asomar por el horizonte.

-¡Niti, ¿dónde estás?!, dijo Pier elevando el tono de voz. 
De pronto escuchó un bramido, se giró. No podía creer lo que estaba viendo. Su reno estaba atado junto con cinco renos blancos como la nieve, a una especie de carruaje que no tenía ruedas. Se sostenía sobre unas maderas finas, largas y un poco curvadas en la punta.

Subió al carruaje y los animales echaron a correr a una velocidad inusitada. Daba la impresión que sus patas no llegaban a tocar el suelo. La sensación era vertiginosa pero, en un abrir y cerrar de ojos, empezó a divisar las luces de los candiles, estaban llegando al poblado.

Los animales se frenaron en la puerta de la casa de la abuela. Pier bajó rápidamente. Lo primero que vio, fue la cara de su amiga Matilde, pegada a la ventana.

Abrió la puerta y entró. Todos se quedaron impresionados, pensaban que el muchacho ya no volvería. Era casi imposible sobrevivir cuatro día en esas montañas, con temperaturas tan bajas y en medio de un terrible temporal de nieve y vientos huracanados.
Pero ahí estaba. Radiante… Desprendía un aire de tranquilidad absoluta.

– ¡Pier has vuelto!, dijo Eleonor, entre sonrisas  y lágrimas. 
Matilde se colgó de su cuello y no lo soltaba. Todos en el salón estaban perplejos.

– ¡Abuela.. ¿y mi madre?!, preguntó Pier.
– Aguantando hijo mío. Creo que no quería irse sin despedirse de ti, contestó la anciana.

– Necesito agua caliente, se apresuró a decir el muchacho.
Hay un caldero de agua hirviendo en el fuego, contestó Isabel.
Pier tomó el saco de hojas y las añadió al agua.. Esperó uno minutos. Llenó un cazo con el líquido y lo llevó al cuarto donde permanecía Wakanda moribunda. Pier dejaba caer gotas de aquélla infusión en los labios de su madre. 
En tanto en el salón, todos cuchicheaban, especulando sobre la aventura del muchacho y sobre el origen de las hojas. Mikel, llenó otro cazo con el cocimiento y lo probó tímidamente. El cazo fue pasando por las manos de  todos los presentes, todos bebieron de él, querían identificar a través del sabor a qué planta pertenecía esa hoja.

Eleonor entró en el cuarto y se sentó junto al joven.
– ¿Qué ha pasado Pier? ¿Qué son esas hojas, no las había visto nunca? ¿Has llegado hasta la montaña sagrada?¿Cómo has sobrevivido al temporal?.
– Son muchas preguntas abuela, contestó el chico bajando la voz.
– Le prometo que mañana se lo contaré todo.
La abuela observó a Wakanda con asombro, posó su mano sobre la frente y comprobó que la fiebre estaba bajando. No daba crédito.
– ¡Es un milagro, es un milagro!, repitió mirando al chico.
– Sí abuela. Creo que ahora debemos dejarla descansar, dijo Pier con una sonrisa.
Los dos salieron de la habitación. Era más de media noche. Todos en el salón estaban agotados. 
En ese momento Pier se acordó de los renos y el carruaje, salió de casa apresurado, pero solo estaba Niti. Miró a su alrededor pero no estaban y al levantar la mirada al cielo, vio un destello de luz pasar como si se tratase de una gran estrella fugaz. Sintió una gran alegría en su corazón.
– Ven Niti, vamos al establo. Tienes que comer y descansar. 
El muchacho dejó a Niti. – Eres un gran amigo, le dijo. – Sin ti no lo hubiese logrado. 

Su amiga salió a buscarlo.
– Pier, aquí estás, dijo la joven.
– ¿Matilde tú me viste llegar verdad?
– Sí, contestó ella. – Desde que te fuiste no me he separado de esa ventana. Estaba muy preocupada. Temía por tu vida.
– Entonces… ¿tú viste el carruaje con los renos verdad?
– ¿Qué carruaje Pier, qué renos? Llegaste solo con Niti.
Pier se sintió muy confundido.
– ¿De qué me estás hablando? preguntó Matilde.
– Déjalo. No es nada. Estoy muy cansado. Vamos adentro que hace mucho frío.      Los chicos entraron.
– Pier, es muy tarde y estamos todos muy cansados. Nos vamos a dormir, pero mañana nos vas a contar con todo detalle tu viaje, cómo sobreviviste al temporal, cómo te hiciste esa heridas, de dónde sacaste esas hojas… dijo Mikel.
– Lo haré. Yo también necesito dormir. Gracias a todos por permanecer al lado de mi madre, dijo el muchacho. 
Todos fueron saliendo de la casa.

– ¿Abuela E, no le importa si me acuesto a descansar al lado de mi madre verdad?
– Por su puesto que no hijo mío. 
Eleonor se veía agotada. 
– Yo también me voy a descansar.
– ¡Abuela E!, Eleonor se giró
– ¿Sí..?, dijo.
– Gracias por cuidarla y gracias por enseñarme tantas cosas tan valiosas. Beba un poco de la infusión que traje. Mañana se sentirá mejor.
– Eso haré, dijo la mujer sonriendo.

A la mañana siguiente…
– Hijo, despierta, dijo Wakanda acariciando la cabeza del muchacho.
– ¡Madre! gritó Pier emocionado. Se puso en pie de un salto. – ¿Se siente mejor?
– Sí, estoy un poco débil, pero me siento mucho mejor. Pero como te dije, se trata de un resfriado. Tengo mucha hambre, ¿vamos a preparar el desayuno?
– Sí, dijo el chico.
En la cocina estaba Eleonor preparando pan. 
– ¡Vaya, por fin habéis despertado!, dijo la abuela sonriente. – Tienes buen aspecto Wakanda. 
– Sí abuela, me siento mucho mejor y estoy hambrienta.
– El pan estará enseguida.  “Es un milagro”, pensó la abuela para sí misma. Y en silencio dio gracias al espíritu de la montaña.
– ¿Por qué ha puesto tantos cubiertos en la mesa?, preguntó el chico.
– Porque vienen a desayunar nuestros vecinos.
Pier estaba seguro que todos querían saber sobre su aventura. Le preguntarían cómo es la Cueva, y sobre la Diosa de las Rocosas, y mil cosas más. Estaba ansioso por contarlo todo.
Poco a poco fueron llegando.

– Bueno, hoy es un día muy especial. Celebramos que Wakanda se ha puesto bien y que todos somos una gran familia, declaró Eleonor con mucha alegría.
– Cualquier motivo es bueno para celebrar, dijo Alise. 
– Se me ocurre, que de aquí en adelante, podemos reunirnos todos los 25 de diciembre, para celebrar el día especial de la gran familia de la Pequeña Banff, agregó Matthew riendo.
– Todos rieron. Les parecía una gran idea.
– Se fueron pasando el pan, los huevos, las infusiones. Hablaban del tiempo, agradecían que hubiese dejado de nevar. Se organizaban para formar los grupos que iban a quitar la nieve de los accesos. Pero nadie hacía alusión al viaje de Pier.

El muchacho se sentía muy extrañado. Notó que Matilde le hablaba como si no se hubieran separado durante esos cuatro días.
Era como si ninguno de los lugareños se acordara de lo sucedido. Como si el tiempo se hubiese detenido. Analizaba cada uno de los gestos de los allí presentes, que se comportaban con total normalidad. No daba crédito. “Igual todo fue un sueño”,  pensó para sí. “Nadie recuerda mi viaje, ni la cura que traje para sanar a mi madre. Es como si no hubiese pasado. No lo entiendo. Ayer todos querían conocer hasta el último detalle y la procedencia de las hojas… Está claro, lo he soñado”. Se convenció a sí mismo.

De repente, William reparó en el muchacho y le preguntó -¿Pier qué llevas en el bolsillo que abulta tanto?
– El chico metió la mano en el bolsillo y sacó los saquitos, uno contenía las tres piedras y el otro las semillas.
– Sí, ¿qué llevas ahí?, preguntó Wakanda.
Pier se quedó en silencio unos segundos, como reflexionando. 
– Nada, son solo piedras que recogí un día en la montaña, dijo  sonriendo. 
En ese momento, comprendió que todo lo acontecido en su viaje quedaría guardado como un gran secreto entre él y la Montaña Sagrada.

FIN.
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