Una historia de Navidad cuando esta, aun no existía.
(3ª Parte)

06 de Enero de 2021

LA MONTAÑA SAGRADA

– Abuela E, ¿qué hay más allá del lago? ¿Por qué nunca nos dejan ir a ese lugar? ¿Has estado allí?

– Sí. Una vez fui en compañía de mis padres y de algunos indios. Es un lugar sagrado para los Cree. Hay diez montañas muy altas que rodean el Lago. El pico Winkchenma, es el más alto. Yo era pequeña y no me acuerdo muy bien. Según la leyenda, en ese pico hay una gran cueva que lleva al corazón de la montaña donde habita la Diosa de las Rocosas. La entrada a la cueva solo la pueden ver los chamanes o aquellos que tienen el corazón puro. Los chamanes solo se acercaban a ese lugar a rendir tributo o cuando necesitaban la ayuda de la Diosa. 

– ¿Y por qué nunca vamos a ese lugar?, me encantaría conocerlo. Preguntó Pier.

– Porque el camino es peligroso y casi nadie lo encuentra. Dijo Eleonor. – Son muy pocos los que han llegado a ver la cueva y entrar en ella. 

– Cuenta la leyenda, continuó la abuela, – que cuando un chamán estaba en apuros y necesitaba que la Diosa le ayudara, se acercaba a los picos y esperaba al anochecer. Si era bienvenido, aparecía una luz muy brillante que surgía de la montaña e iluminaba el camino que conducía a la cueva. El chamán seguía la luz que lo conducía a la entrada de la cueva. Antes de entrar se arrodillaba y en acto simbólico entregaba su alma al servicio de los seres que habitaban en las tierras que custodiaba la montaña sagrada. Y como acto de humildad y desprendimiento de toda ambición, entregaba un objeto que tuviera un gran valor para él. Depositaba el objeto en una oquedad que se iluminaba con tenues destellos de una luz que tenía los colores del arcoíris. En ese momento mágico, expresaba la situación que quería solucionar. Daba gracias y se dirigía a la salida con solemnidad y con el convencimiento de que la Diosa le daría los atributos necesarios para solucionar su problema, incluso dependiendo de la situación, ella podría obrar un milagro.

– Abuela, hay algo que no entiendo, ¿por qué ya casi no hay indios en esta región? preguntó Matilde. -Si la Diosa los protegía, ¿por qué se han ido?

La abuela sonrió con ternura. Le encantaba que los muchachos le prestaran tanta atención.

– Mirad, dijo la abuela. – Hay otra parte de la leyenda que explica por qué desapareció un gran pueblo casi por completo. Pero eso lo sabréis mañana. Ya se ha hecho tarde.

– ¡No, por favor!, protestaron todos casi al unísono. Queremos saber más.

– Ya sabéis cuales son las normas.

– Es hora de preparar la cena y que os vayáis con vuestros padres. Que aunque no haya escuela a causa de la nieve, tenéis deberes para no perder el hilo del aprendizaje. Dijo la abuela con tono cariñoso y conciliador.

Los niños dejaron las tazas en la encimera y con expresión de “no es justo”, se dispusieron a marcharse.

Al salir de la casa de Eleonor, cada uno se dirigió a su casa, menos Pier que decidió acompañar a Matilde. 

– No son solo leyendas, dijo Pier. – Mi abuelo Yakwama me ha contado algunas cosas de su tribu, pero a mamá no le gustaba que me hablara de esas historias, porque no quería que alimente mi imaginación. Pero yo sé que es verdad. Un día voy a ir a la montaña sagrada.

– Si vas yo te acompañaré. Yo estoy segura que todo es cierto. Un día la abuela Amadahy, antes de morir, me contó que en está región vivían varias tribus y muchísimas familias y que este valle estaba completamente poblado. Me dijo que hubo un tiempo en el que todos vivían en armonía con las leyes naturales. Pero algo pasó y la Diosa de la montaña los castigó.

– ¿Y qué paso?, preguntó Pier, muy inquieto.

– No lo sé, contestó Matilde, – no pudo terminar de contarme la historia porque tuvo un ataque de tos, del que ya no se repuso. Se lo pregunté a madre, pero ella nunca quiere hablar de esos temas.

– Quizás la abuela E nos lo cuente mañana. Dijo Pier con resignación.

Ya estaban en la puerta de la casa de Matilde, los chicos se despidieron. Pier echó a correr, pues el frío le estaba helando los huesos

– Pier, ¿por qué has tardado tanto?, preguntó Wakanda. 

– Acompañé a Matilde hasta su casa.

– Ya sabes que no me gusta que pases tanto tiempo a la intemperie cuando hay tanta nieve.

– Madre ¿el abuelo le contó alguna vez que la Diosa de la montaña castigó a las tribus que vivieron aquí antiguamente?

– ¡Qué preguntas me haces!, son solo leyendas. No debes hacer caso de esas historias. Creo que Eleonor tiene mucha imaginación. Quizás deba hablar con ella para que no os llene la cabeza con tanto cuento.

– No, no le digas nada, ella no me lo contó. Fue Matilde. A ella se lo contó su abuela.

– Más os valdría ocupar el tiempo en aprender cosas útiles.

En realidad Wakanda creía firmemente en esas historias, ella sabía que Pier había heredado de sus ancestros un corazón valiente y era muy impetuoso. A Wakanda, su padre le contó que muchos hombres habían perdido la vida intentando llegar a la cueva de la montaña sagrada y ella temía que un día a Pier Nadawi se le ocurriera aventurarse en esas tierras misteriosas y peligrosas. Ya había perdido a sus padres y a su marido. No podía arriesgarse a perder a su amado hijo.

Pier se acostó pidiéndole a los espíritus que siguiera nevando, porque así los enviarían de nuevo a la casa de la abuela E.

Por la mañana, cuando Wakanda lo despertó, lo primero que hizo fue mirar por la ventana. Nevaba sin parar. El esbozo de una sonrisa se adivinaba al ver su rostro reflejado en el cristal, no quería que su madre notara su entusiasmo. Se lavó, ayudó en los quehaceres a su madre y salió pitando a la casa de Eleonor.

LA LEYENDA DE LAS PRIMERAS TRIBUS

Nuevamente, todos sentados al rededor del fuego, esperaban ansiosos que la abuela ocupara su hamaca y continuara con las historias.

Aún no se había sentado en su silla, cuando Matilde le preguntó, – ¿hoy nos contarás por qué la Diosa de la montaña castigó a las tribus que vivían antiguamente en ese valle?.

– ¡Vaya, vaya, veo que estáis muy ansiosos por conocer todas las leyendas que albergan estás montañas!, sonrío con cierto gesto de satisfacción.

– Cuenta la leyenda, que muchas tribus fueron llegando a este valle, debido a las tierras fértiles, la abundancia de caza y pesca. Además habían muchos bisontes. También sus bosques les proporcionaban muchos tipos de frutas y hierbas medicinales. A pesar de que los inviernos eran duros, los hombres tenían todo lo necesario para vivir. En un comienzo las diferentes tribus vivían en paz y se respetaban. Al parecer todos comprendían las reglas del equilibrio. Así convivieron por mucho tiempo. Sin embargo, cuando comenzaron a nacer las nuevas generaciones de indígenas, las cosas empezaron a cambiar. Los jóvenes eran más guerreros, competitivos y más ambiciosos. Cada vez respetaban menos las enseñanzas de sus ancestros. Así que empezaron las luchas de poder generando enfrentamientos entre jóvenes de diferentes familias.

– Eso es terrible, dijo Julia.

– Pues yo quiero ser un guerrero de esos, comentó Hugo.

– ¡No digas tonterías!, le increpó su hermana.

– ¡Callad!, dijo Matilde con tono enfadado.

– Pero la cosa no quedó ahí. Continuó la abuela. – Unos y otros querían demostrar que eran mejores cazadores, así que dedicaban parte de su tiempo a mejorar las armas de caza y salían en busca de los animales más grandes, como los bisontes, los osos. Para demostrar su poderío ante los demás. 

– Los chamanes les advertían que con esas practicas estaban poniendo en peligro el equilibrio natural y la buena convivencia. Pero estos jóvenes ignoraban las enseñanzas de los viejos de la tribu.

– Esta situación se prolongó en el tiempo, a tal punto, que empezaron a diezmar la población de bisontes, sin contar las batallas sangrientas que se desarrollaban entre ellos.

– Esta situación enfureció tanto a la Diosa de la montaña que lanzó sobre la población una gran avalancha de nieve que enterró el valle bajo varios metros de nieve y roca. Solo sobrevivieron una treintena de familias.

– Entonces esa es la razón por la que no había tantos indios aquí. Afirmó Matilde.

– Ahora lo entiendo, dijo Pier.

– Fin de la historia, agregó Eleonor. Qué tal si ahora jugamos un rato a las adivinanzas, propuso. – Sííí!!, gritaron los más pequeños.

Los siguientes días fueron más benévolos con el clima. Había dejado de nevar y las familias volvían a la normalidad. Así que las visitas a la casa de Eleonor, fueron mermando. Los meses pasaban y el invierno se alejaba, dando paso al sol de primavera. 

Aquélla primavera fue muy especial para Pier. El segundo día de mayo, después de la gran fiesta de la primavera, Tadita, la hembra de reno que había criado Wakanda, parió un reno macho blanco como la nieve. Pier y su madre presenciaron el nacimiento muy emocionados. 

– Este será tu reno, deberás cuidar de él con cariño y esmero, dijo Wakanda a su hijo. Pier no pudo contener las lágrimas.

 -Tienes que ponerle un nombre. Es muy importante, porque ese nombre será vuestro vínculo, dijo su madre.

No era normal que naciera un reno tan blanco. Ese aspecto hacía muy especial al animal. – Nitis, que significa (“Amigo”). Así lo llamaré. Será mi mejor amigo.

Los días fueron pasando. Nitis cada día se hacía más grande y fuerte. No pasa desapercibido, su blancura llamaba mucho la atención.

Adonde iba Pier, el reno le seguía. 

Ya quedaba poca nieve por las laderas del valle, eso anunciaba la llegada del ansiado verano. Los hombres subían río arriba para pescar y se adentraban al bosque para cazar. Siempre llevaban consigo saquitos de pimienta para ahuyentar a los osos.

 
PRIMER ENCUENTRO DE PIER CON EL BOSQUE

Una mañana Pier pidió permiso a su madre para acompañar a los hombres a pescar. Saltaba de alegría, era la primera vez que se acercaría al lago sagrado.

Los lugareños nunca pescaban en el lago Moraine, pues los indios les habían enseñado que solo se podían coger los peces que el lago sagrado dejaba escapar río abajo. Nadie se atrevía a profanarlo. 

Los hombres del poblado tomaron los aperos, el almuerzo y emprendieron el camino. Pier les sigue muy entusiasmado. Ató a Nitis en el establo para que no le siguiera.

Tomaron el camino que transcurría al lado del río. Bajaba con mucho caudal a causa del deshielo. El camino iba ascendiendo suavemente, rodeado de árboles. Pier se sentía perplejo por los olores que despedían algunas plantas. Los pájaros emitían cientos de cánticos diferentes. El viento caprichosamente movía las hojas de los árboles formando sonidos que llamaban poderosamente la atención del joven explorador.

Iba atento al camino, no quería perder ningún detalle. 

Poco a poco el camino se iba empinando a la vez que el aire se hacía más denso para respirar. Empezaban a ganar altura rápidamente. A medida que subían la vegetación era más escasa. Llevaban varias horas sin parar y a buen paso. De pronto Pier se percató de que el paisaje comenzaba a cambiar radicalmente. El suelo era rocoso, el río se ensanchaba y al fondo se intuía el lago. Se podían ver perfectamente las montañas que rodeaban el gran Moraine. 

Mientras los hombres preparaban todo para iniciar la pesca. Pier se escabulló lentamente, sin ser visto y comenzó a caminar hasta llegar al borde del Lago. Era enorme, tenía muchas leguas a la redonda. Parte del agua seguía congelada. No había visto nada más bello en su vida. El color turquesa del agua contrastaba con las placas de hielo que aún flotaban. Al rededor los picos, algunos muy puntiagudos, otros más redondeados con las cumbres nevadas. Al mirar de frente se quedó extasiado, una montaña enorme con grandes paredes de piedra de la cual bajaban largas lenguas de nieve y hielo azul, que llegaban hasta la parte baja, casi tocando el agua. Por lo menos eso parecía desde su perspectiva. 

El grito de las marmotas y el chillido de las águilas lo sacaron de su trance. Su mirada intentaba ver en la montaña cualquier seña que pareciese una cueva. Pero a esa distancia nada se podía distinguir. En esas estaba, cuando de pronto, una mano se posó en su hombro. Se quedó estupefacto de miedo. Era William, el padre de Emma. -¿Qué haces aquí muchacho? preguntó. No te imaginas el susto que nos has dado. Llevo un rato llamándote a gritos y buscándote.

– ¡Perdón, perdón!. ¡Lo siento mucho!, se disculpó. – Quería ver el lago de cerca.

– Ya sabes que es peligroso, te podías haber perdido.

– Por favor, no se lo diga a mi madre o no me dejará volver. Le prometo que no volverá a pasar.

– Vale, pero que sea la última vez… ¡Vámonos!

Al caer la tarde, las cestas estaban llenas de peces. Así que todos comenzaron el descenso.

Al llegar al poblado, Pier fue directo a buscar a Matilde, para contarle todos y cada uno de los detalles de lo que había visto. Estaba muy emocionado.

– Quizás el próximo día te dejen venir con nosotros, decía el muchacho con entusiasmo.

– Eso espero, contestó Matilde. Deseo inmensamente conocer esas montañas.

Pier, Matilde, Emma y Julia, pudieron acompañar en diversas ocasiones a los pescadores. También ayudaron a recolectar frutos, setas, raíces y plantas medicinales. Poco a poco se fueron familiarizando con el bosque. Nitis crecía muy rápido, estaba fuerte y nunca se separaba de Pier.

El caudal del río había descendido bastante, así que los domingos se juntaban las familias para darse baños en algunas pozas cercanas al poblado. Los niños disfrutaban muchísimo, a pesar de que el agua estaba helada.

Los días iban pasando, los aldeanos adoraban el verano, el sol los animaba. los días eran más largos y eso les permitía disfrutar de esa bella región de las Rocosas.

Continúa leyendo aquí la cuarta parte.
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