Una historia de Navidad cuando esta, aun no existía.
(2ª Parte)

30 de Diciembre de 2020

LAS HISTORIAS DE ELEONOR

Antes de continuar con nuestra historia, os voy a contar cómo era este espléndido pero misterioso lugar.

La pequeña Banff, es un pequeño poblado que se construyó en un valle rodeado de bosques fantásticos y misteriosos en medio de grandes montañas. En este bosque crecen grandes abetos de diferentes especies, pinos, arces, álamos temblones, nogales y muchas especies de plantas y flores, que proporcionan alimento a las ardillas, a los pájaros cascanueces, perdices, arrendajos, carpinteros. Pero en estos bosques también habitan algunos mamíferos muy temidos como el oso grizzly, el puma, el coyote, el lobo, los alces, renos, cabras montesas y muchas especies más. 

Desde el poblado sale una senda que se introduce en el bosque y que transcurre al lado de un río de agua cristalina , el camino estrecho se extiende hasta llegar a un enorme lago llamado Lago Moraine, que significa el Lago de los Diez Picos. Sí, porque este lago esta rodeado de diez montañas muy altas. El Monte Fay es la montaña más alta del cordal  de los Diez Picos. Para Los Indios Cree, es una montaña sagrada a la que le atribuían cierto carácter mágico. El lago es precioso, sus aguas son de color turquesa. Los pobladores de Banff. Los habitantes del poblado suelen entrar en el bosque para cazar y pescar, pero no permiten que los niños vayan solos, pues es muy fácil perderse. Además esta región esta plagada de misterios y leyendas, alguna de ellas aterradora.

Las casas son más bien pequeñas y muy singulares, pues se construyeron uniendo el estilo de los Cree combinado con la arquitectura de los colonos. Las techumbres terminan un poco en punta, semejando un tipi, para que la nieve resbale y no se acumulé en los techos.

También construyeron una capilla, que aunque no tiene párroco, sirve para que sus pobladores en primavera y verano, se reúnan los domingos para compartir pan caliente que se cuece en los hornos comunitarios con carne seca, vino y queso. 

Además construyeron graneros en los que guardan paja, alimento para alimentar a los animales en invierno y en los que ponen a secar carne, pescado, frutos del bosque y otras plantas, y así estar abastecidos para los largos inviernos.

Los lugareños se dedican a la cría de renos, a la caza de venados y alces y a la pesca de truchas. Cosechan maíz, trigo, fríjoles, cebada, algunas verduras y patatas. 

Una vez al mes cargan las carretas con los cereales que cultivan y las pieles de los animales que cazan, la carne y la leña, y la transportan durante varias jornadas hasta la Gran Banff, donde la venden. Con el dinero obtenido compran sal, café, aceite, arroz, azúcar, vino, medicinas, telas, jabón y demás artículos necesarios para cubrir todas sus necesidades.

Además aprovechan para asistir a misa, y si ha nacido algún niño, lo llevan a bautizar. También aprovechan para visitar al médico si hay algún enfermo.

A finales de otoño, suelen hacer acopio de víveres, porque cuando viene un invierno muy frío y con mucha nieve, el poblado se queda aislado.

 
LAS LEYENDAS DE LAS ROCOSAS

Volviendo a nuestra historia…

Hacía varios días que no paraba de nevar, así que los niños y jóvenes acudían a la casa de Eleonor. Ella los esperaba encantada y los recibía con el pan recién horneado y sus deliciosas infusiones. 
Poco a poco fueron llegando todos. 
Pier, fue el primero en llegar. 

El abuelo de Pier, era un indio Cree. Se llamaba Yakwama Yetum, que significa («Él es cauto”). Se enamoró perdidamente de Alise y de esa unión nació la madre de Pier, a la que llamaron Wakanda, que significa (“La del poder Mágico Interno”). Wakanda se casó con un colono llamado Pier. Solo tuvieron un hijo, al que pusieron el nombre de su padre, pero también tenía un nombre Cree que le puso su abuelo: Nadawi, que significa (“Hombre mágico”). De ahí, los rasgos indigenas del muchacho. Cuando Pier cumplió cinco años, su abuelo le regaló un colgante del que pedía el colmillo de un puma. Era el trofeo de la primera caza de Yakwama y tenía un enorme valor para el abuelo.

Cuando Pier cumplió dos años, su padre murió por el ataque de un oso, que le embistió por sorpresa cuando estaba pescando y no le dio tiempo a sacar el rifle para defenderse.

Pier ahora tenía trece años, y estaba ansioso por conocer las leyendas que rodeaban esa extensa región de las montañas.

Luego llegaron Emma y Jon que son hermanos. Emma tiene  quince años, es alta, con la piel blanca, el cabello rubio y muy rizado, resaltan sus ojos de mirada profunda y color azul. Es una chica inteligente y muy aventurera. Cuida mucho de su hermano. Jon tiene diez años, también es rubio y sus ojos de color marrón. Tiene una risa muy ruidosa, le encanta trepar a los árboles y desobedecer a sus padres, es un verdadero trasto.

Enseguida aparecieron por la casa de la abuela E, Julia y su hermano Hugo.

Julia también tenía trece años. Era bastante delgada, con los ojos redondos y grandes de color verde y unas pestañas muy largas. Tenía muchas pecas. El cabello largo y rojizo.  A Julia le encantaba explorar y soñaba con recorrer los lugares prohibidos. Sus padres ya la habían castigado en varias ocasiones, cuando intentaba escabullirse entre la espesura del bosque.

Hugo tenía nueve años, también era pelirrojo. Los ojos eran iguales a los de su hermana. Deseaba ser mayor, para acompañar a los hombres a cazar.

Finalmente apareció Matilde, hija de Mikel e Isabel.  Matilde tenía catorce años, era la mejor amiga de Pier. Unos centímetros más alta que el chico. Su melena negra y lacia hacía honor a su abuela Amadahy que significa (“Bosque de agua”). Amadahy, hija de un cazador Cree, se enamoró de un colono, Andrew y tuvieron dos hijos. Mikel y Nicholas. 

A Matilde le encantaba leer, tenía mucha imaginación, era muy curiosa y le gustaba indagar para conocer la verdad de todas las cosas. Por las noches se levantaba a hurtadillas, a ver si podía escuchar alguna de las conversaciones de sus padres en las que hablaban de las criaturas desconocidas que acechaban esos parajes de las montañas Rocosas. No entendía por qué los adultos guardaban tantos secretos.

– Ya están todos, dijo la abuela con alegría.

Ese día había amanecido especialmente frío. Así que todos se sentaron alrededor de la chimenea. La abuela sirvió en las tazas la infusión que humeaba e impregnaba el salón de ese aroma dulce delicioso y entrañable de los frutos del bosque.

– Abuela E, ¿hoy sí nos contará las leyendas de las que nuestros padres se niegan a hablar?, preguntó Matilde 

— Vuestros padres no os han hablado de esas historias, porque solo son historias y ellos no querían que crecierais con miedo por cosas que no existen. Pero sí, ya tenéis edad suficiente y os las voy a contar. Pero es preciso tener claro que solo son cuentos que inventaron los indios, quizás para que los colonos tuvieran miedo y no se acercaran a los lugares que ellos consideraban sagrados.

– ¡Ven abuela… cuenta, cuenta!, dijo Pier con ansiedad.

– Tranquilos, vamos a ir poco a poco. 
– Como sabéis, cuando llegamos a estas tierras tan bellas, pero inhóspitas, los indios nos enseñaron muchos de sus secretos. Nos enseñaron a usar las plantas curativas, a cazar con sus armas, nos enseñaron la importancia de vivir en equilibrio con la naturaleza y a cambio, ella nos daría todos los recursos para sobrevivir en esta región. 

– Sí abuela, ¿pero qué pasa con las leyendas?, dijo Julia 

– Tranquilos, a eso voy. ¡Tenéis que tener paciencia!. 
– Pasaron varios años hasta que los Cree y nosotros pudimos comunicarnos con claridad, pues hablábamos idiomas muy diferentes.
– Un día en el que se desató una terrible tormenta de nieve, todos los pobladores se reunieron en la capilla. Encendieron fuego y se refugiaron allí.

– ¿Tú eras pequeña cuando pasó eso?, preguntó Hugo.

– ¡No la interrumpas!, lo increpó Julia.

– Tranquilos chicos, respondió la abuela con esa sonrisa que lo iluminaba todo.
– No, yo aún no había nacido. Pero me lo contó mi madre. Los indios nos habían enseñado las leyes que imponía la naturaleza, pero no nos habían hablado de los aspectos más místicos de aquellas montañas. Nosotros no entendíamos por qué solo podíamos cazar lo justo para comer y para comerciar con los de La Gran Banff. El bosque estaba lleno de animales. Tampoco podíamos cortar más árboles de los necesarios y mucho menos podíamos ir a explorar más allá del lago.
Como ya les habíamos demostrado que podían confiar en nosotros, decidieron compartir los secretos que mejor guardaban.

– !Uy que nervios¡, dijo Emma muy emocionada.

– Winema, era la más anciana de la tribu, su nombre significaba (“Montaña Alta”). Era una mujer muy sabia y al parecer se podía comunicar con los espíritus al igual que el Chamán. 

-En estos bosques y montañas habita un espíritu sagrado protector de la tierra y todos los seres que la habitan. Se llama Wīhtikōw. Es muy poderoso y cuando esta enfurecido adquiere la forma de un humano con cuernos de alce. Tiene los ojos blancos, enormes. Sus dientes son como los del puma. Los brazos se extienden como largas garras y sus piernas corren a una velocidad inimaginable…

-Tengo miedo, dijo Hugo, agarrando el brazo de su hermana.

-Ese ser, continuó la abuela, -era muy temido por los Cree. Ya que cuando algún miembro de la tribu intentaba cazar por diversión o se dejaba llevar por la gula y la avaricia, aparecía Wīhtikōw y lo devoraba. También cuentan, que este ser protegía a los chamanes de la tribu, cuando viajaban más allá del lago para rendir tributo a la Diosa de la montaña.

-¿Y vive en el bosque? preguntó Julia temerosa.

-Es solo una leyenda, contestó la abuela.

-Yo creo que es real, dijo Emma. Una vez mis padres me hicieron prometer que no iría al bosque sola, porque era peligroso…

-Claro que es peligroso, dijo la abuela, con tantos lobos, osos, serpientes. Ja, ja, ja!, rió Eleonor. Pero su respuesta no convenció a Emma.

Continúa leyendo aquí la tercera parte.
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