Los mejores frijoles que comí en mi vida.

21 de Abril de 2021

La partida

Por fin habían llegado mis ansiadas vacaciones. Mi querida amiga Edith y yo, llevábamos varios meses planificando el viaje. Haríamos un recorrido por el maravilloso Cañón del Río Claro en Antioquía. Visitaríamos sus paredes de mármol, las cuevas de guácharos y disfrutaríamos de las aguas cristalinas del río.  

Mi mochila llevaba dos días preparada, tienda de campaña, linterna, saco de dormir, infiernillo, comida, ropa de senderismo, bañador… y una ilusión indescriptible. Era la primera vez que hacíamos un viaje a un destino que no implicaba escalar montañas. 

Jueves seis de julio, llegamos a la Terminal de autobuses de Medellín a las siete de la mañana. Media hora más tarde estábamos en la flota que nos llevaría a Sonsón. Donde se encuentra este bello paraje natural. A las once de la mañana nos apeamos en un aparcamiento al lado del acceso a la reserva natural.

Había mucha gente acampando a lo largo del río. Familias con niños, jóvenes bebiendo, infinidad de carpas grandes y tiendas de campaña, fogatas, música a todo volúmen. No contábamos con ese factor. Estábamos acostumbradas a salir a la montaña, a los páramos, a las escuelas de escalada y no encontrar nada de masificación. Era raro coincidir con otros montañeros. 

Este panorama del cañón distaba mucho de nuestra idea de disfrutar de un paraje natural.

Nos alejamos todo lo que pudimos de la algarabía. Después de andar un rato con nuestras pesadas mochilas, nos alegramos de ver una zona más solitaria. Solo había una carpa grande. Decidimos instalarnos a unos metros de ella.

Hacía calor y los ocupantes de la carpa no estaban. 

Una vez instaladas, nos pusimos ropa ligera de deporte, cogimos algo de fruta, preparamos unos bocadillos y nos fuimos a explorar el cañón.

Presentaciones

Regresamos ya entrada la tarde, serían más o menos las seis. Habían encendido una hoguera cerca de nuestra tienda de campaña. Sobre la hoguera había una olla muy grande que estaba humeando. Nos fuimos acercando y vimos un grupo de jóvenes tirados alrededor de la carpa, algunos vestían bermudas y otros estaban con el bañador. A primera vista calculamos que el más pequeño tenía al menos diez años y el mayor unos dieciséis o diecisiete.

Buenas tardes, dijimos y enseguida el mayor de los chicos respondió, ¿Qué hubo monitas? Ustedes si son muy confiadas, ¿no? ¿Cómo así que se van y dejan esto aquí solo?

-¿Por qué dice eso?, le pregunté

– Vea, si no es por nosotros les habrían robado todo.

– ¿De verdad? contestó Edith, no me diga que aquí hay ladrones.

Todos comenzaron a reír sin parar, se miraban unos a otros y la risa no les dejaba hablar, tanto así que nosotras también terminamos a carcajada limpia.

¿Y ustedes de dónde son? preguntó uno de los chicos, catorce o quince años le calculé.

-Somos de Bogotá, contesté.

– Uy, ¿Y cómo es que vinieron a parar por aquí?, dijo el mayor de todos.

-Venimos a conocer este cañón. Nos habían dicho que era precioso y decidimos hacer el viaje para conocerlo. Pero no nos imaginamos que había tanta gente, les contesté.

Pues dele gracias a Diosito que estábamos aquí, si no las hubieran dejado peladas. Pero no se preocupen, con nosotros están seguras, dijo uno de ellos.

-Aquí hay muchas familias, no me imaginé que fuera peligroso, argumenté.

-Estas cachacas no saben nada, dijo un chico, y se partieron de risa de nuevo.

Nosotras, entre tanto, subimos la cremallera de la tienda de campaña y confirmamos que estaba todo en su sitio.

El mayor de todos, se acercó a la tienda y se sentó junto a la entrada: “me llamo Elkin”, dijo, “yo soy Olga y ella es mi mejor amiga Edith. Mucho gusto”. Mientras hablábamos con Elkin, los demás chicos cuchicheaban entre sí y no paraban de reír.

Los frijoles se van cociendo

-Estamos haciendo una frijolada, si quieren pueden cenar con nosotros, nos dijo.

Edith y yo nos miramos, comenzábamos a sentirnos un poco incomodas.

-Muchas gracias, le contesté, pero tenemos un poco de pasta y atún.

-De verdad, tenemos mucha comida.

De pronto, vi que del río salía un joven, delgado y alto que cargaba sobre su espalda a otro chico.

Me giré hacia Elkin y le pregunté, ¿qué le pasa a ese muchacho?, ¿no puede caminar?

-No, está inválido y el que lo trae es Jairo, su hermano. Al fijarme en el pecho de Jairo, vi que tenía muchas cicatrices. En ese momento tuve el presentimiento de que quizás estos jóvenes tan símpaticos tenían algo muy interesante que contar.

-Elkin.. ¿qué le pasó? ¿Por qué no puede caminar?, pregunté. Y sin ningún reparo me contestó. -Le pegaron un tiro en la espalda y se quedó así.

Guardé silencio por unos segundos, miré a Edith y le dije, vamos a cenar con ellos y sonreí.

-¡Bien!, dijo Elkin. Estas monas son bacanas, no son nada creídas.

-Vamos a cambiarnos y ahora nos acercamos para ayudar un poco. Le dije.

Él se levantó y se fue junto a los suyos. Cerramos la tienda y comenzamos a hablar en voz baja. Edith me dijo, “¿Estás loca?, esos muchachos me dan mala sensación”. -Lo sé, le contesté. Pero están siendo amables y si estoy en lo cierto, aquí tengo una historia para un gran reportaje y no pienso perder esta oportunidad.

– Vale, dijo mi amiga, pero mañana a primera hora nos vamos, si es que salimos bien paradas de todo esto.

Sacamos, los frutos secos, las chocolatinas y las latillas de atún para compartirlo con ellos. Llevé mi mini grabadora y una libreta que siempre me acompañaba.

Nos acercamos a ellos y Elkin nos presentó a todo el grupo. Diez en total.

-¿Y ustedes son familia o son amigos? les pregunté.

-Somos todo. Ja ,ja! dijo Gabriel riendo.

-”Venga, yo le contesto pa que entienda”. Se apresuró a hablar Elkin. “Sólo Jairo y Edwin son hermanos, los demás somos amigos, pero nos cuidamos como si fuéramos una familia. Mejor dicho, es que todos los del barrio somos una familia”.

-¿Y en qué barrio viven?, pregunté.

-Nosotros somos de Manrique Oriental. ¿Si les suena esa zona?, dijo Jhon.

Edith y yo, negamos con la cabeza.

En ese momento intervino Jairo, -“¿y si les digo la comuna cuatro?, ¿a qué eso si les suena?”, y se echaron a reír.

-Sí, las comunas si nos suenan, les dije. Ah!, pues a mí me encantaría ir a conocerlas, les contesté.

-¿Ustedes de dónde salieron?, ¡ustedes si son ingenuas no me crean tan pendejo!, dijo Jhon.

-¿Por qué?, le pregunté.

-¡Vea monita, en ese barrio no pueden entrar forasteros. Eso sí, si usted va y dice que es mi amiga y lo demuestra, pues la dejan pasar!

-¿Y por qué?, preguntó Edith.

Yo estaba grabando toda la conversación. La emoción me invadía. El temor había desaparecido, los chicos eran amables, divertidos y muy sinceros.

– ¡Pero qué chinas tan preguntonas! dijo Edwin.

-Elkin, lo reprendió. ¡Vea hermano, estas muchachas son buena gente, no son nada picadas y eso que se nota que son de buena familia. Entonces déjalas que pregunten!

-¿Ustedes no sienten miedo de nosotros?, dijo Jairo

– No, contestamos las dos a la vez.

-¡Estás monas si son muy raras!. La mayoría de la gente nos tiene miedo, repuso William, el más pequeño de todos.

-¿Por qué tendríamos que sentir miedo? ¿Acaso ustedes son malas personas? les dije, intentando ganarme toda su confianza para poder llevar la conversación al punto que quería.

– Pues porque somos de las comunas y como usted sabe, ahí todo se arregla a plomo. Contestó Jairo.

– ¿Y por eso tiene todas esas cicatrices en el cuerpo? Le pregunté.

– Pues sí, ¡este man es todo un superviviente!, contestó Elkin.

A Jairo le hizo gracia y comenzó a narrar la historia de cada una de las cicatrices. Algunas por puñaladas, otras por disparos y la más impresionante había sido causada por un machetazo. Da la sensación que se siente muy orgulloso de llevarlas.

Cuatro o cinco de los chicos, remueven constantemente los frijoles, para que no se peguen. No lo puedo negar, esos frijoles huelen que alimentan.

-¡Que bien huele! dijo Edith. “Este olor que sale de la comida hecha con leña me trae recuerdos de cuando era pequeña e íbamos al pueblo a ver a los abuelos. Siempre preparaban el sancocho de gallina en la hoguera de leña”.

Uno de los chicos sacó un par de botellas de aguardiente y un saquito de mariguana. Otro acercó vasitos de plástico.

-Vamos a servirle un aguardientico a las invitadas.

-Nosotras no bebemos alcohol, se apresuró a decir Edith.

Se miraron entre sí, incrédulos.

No era cierto, pero las dos sabíamos que en esa situación, beber con ellos no era una opción.

-Pero una caladita de hierba si, dijo Elkin, acercando el cigarrillo. A lo que nos negamos también.

Alguno de ellos insistió, pero Elkin enseguida le dijo – “Estas mujeres son sanas, mejor traígales  Cocacola”.

Duras confesiones

-¿Elkin, usted es el jefe? Me da la impresión que todos le hacen caso.

Soltó la carcajada. -Así es, es que yo soy el mayor. Espetó

-¿Y cuántos años tiene? preguntó Edith.

– Yo voy a cumplir dieciocho y estos saben que si no hacen caso, cobran.

-¿Y ustedes a qué se dedican?, nos preguntó él.

En ese momento tuve muchas dudas, no sabía muy bien qué contestar, pero me parecía justo decirles la verdad.

-”Yo estudio teatro”, dijo Edith “y, Olga”… se giró y me miró.

-”Bueno, pues la verdad, es que soy periodista”, le contesté.

-¿Pero usted sale por la televisión? dijo William.

-No que va, yo escribo en un semanario, le dije. 

-Es la primera vez que conozco a unas mujeres como ustedes, que son de buena familia y estudiadas y son capaces de estar aquí con nosotros, como si fuéramos amigos. ¡Qué chimba! comentó Elkin.

-Ya que estamos aquí y que vamos a disfrutar de esos frijolitos hechos por paisas de verdad, en este paraje tan bonito, por qué no aprovechamos y me cuentan su historia.

-”Eso está hecho”, comentó Elkin. ¿Qué quieren saber?

-¿Ustedes de qué viven, a qué se dedican? les preguntó Edith.

-Pues hacemos muchas cosas, dijo Jairo.

-¡Vea!, ¿sabe qué? le voy a ser sincero, porque ustedes me caen bien. Parecen chéveres. Nosotros somos sicarios, dijo Elkin.

-¡Elkin, no sea pirobo!, ¿pa qué les cuenta eso? Dijo Jairo enfurecido.

-No se enrabone, estas chicas son legales, le espetó Elkin

-¿Y por qué se hicieron sicarios? les pregunté.

-Porque de algo toca vivir. Mi mamá tuvo 10 hijos con diferentes hombres, ella era bien jovencita, y a mí, cuando tenía ocho años, me mandaba pa la calle y tenía que traer comida o plata, y si no conseguía nada, sacaba el rejo de cuero, lo mojaba y me cascaba hasta que me sangraban las piernas. A veces me provocaba quitarselo y darle a ella, pero uno aprende desde chiquito que a la mamá no se le pega. Y todos aquí tienen historias parecidas. Casi ninguno sabe quién es el taita y el que lo sabe, ha recibido más palizas de las que puede contar. La vida en el barrio es muy dura, narró Elkin.

Mientras nos iban contando, los más pequeños nos fueron pasando el plato de frijoles.

-A la mayoría de nosotros no nos han dado estudios y los que fueron a la escuela, iban con la barriga vacía. Cuando uno tiene hambre, pues no quiere estudiar, lo que uno quiere es conseguir plata para comer y para vivir bueno, continuó Elkin.

-Pero todos ustedes son menores de edad, ¿cómo es posible que sepan usar armas?, les dije.

-Ja,ja!, todos rieron.

-¡Vea mona!, en las comunas uno aprende más rápido a disparar que a leer. Dijo Edwin.

-¿Y por qué le pegaron un tiro en la espalda? Le preguntó Edith a Edwin.

-Ah!, eso fue mala suerte. Habíamos ido a la comuna trece, y allá están todos los manes que trabajan para el patrón. Íbamos a llevar un encargo de marihuana y nos vimos en medio de una balacera entre los hombres del patrón y el puto ejército y una bala perdida me dio, ¡antes no nos mataron!, contó Edwin.

-¿Entonces, ustedes también venden drogas?

-Sí, nosotros fabricamos basuco, pero esa mierda se la vendemos a camellos de Medallo, en el barrio está prohibido. Si nos enteramos que alguien de la familia ha probado esa porquería, lo cascamos. Eso es veneno, dijo Jairo.

-¿Cómo es el trabajo de sicario? les pregunté.

-¡Vea!, a nosotros nos contacta algún man que nos conoce y nos dice a quién hay que pelar, nos da la foto, la dirección. Si es un man importante cobramos quinientos mil pesos, pero si es un don nadie, pues el trabajito vale trescientos o trescientos cincuenta mil pesos.

-Y con esa plata compramos comida para todo el barrio, compartimos con todos, comentó Elkin.

-¿Y veo que todos llevan escapularios, son muy creyentes?, pregunté.

-Sí, claro mami. Antes de hacer el trabajito, uno va a la iglesia y se encomienda a la virgencita, para que nos proteja y que todo salga bien. Dijo Jhon.

-¿Y a qué edad se inician como sicarios? ¿William es muy pequeño, supongo que él todavía no ha iniciado, comenté.

-Ja, Ja, Ja!, rieron todos.

-No soy tan pequeño, yo tengo quince años. Yo ya me he cargado a tres muñecos.

-¿De verdad? le pregunté incrédula.

-Pero hay sicarios de nueve años. Son los más bravos, a ellos no les da miedo. Además, cuando se trata de darle matarile a un man importante, los que mejor funcionan son los pequeños, porque nadie desconfía de ellos. A estos chinos no les tiembla la mano pa disparar, contó Elkin.

Edith y yo estábamos realmente asombradas. Estos chicos hablaban con una naturalidad pasmosa de algo que para nosotras resultaba terrorífico. Todos nuestros temores habían desaparecido. A pesar de que estábamos compartiendo una deliciosa cena, en un ambiente distendido, al lado de diez jóvenes sicarios, que además estaban armados.

Todo por la plata

-William ¿Qué sientes cuando matas a una persona? le pregunté.

– Pues nada, es un trabajo. Yo no conozco a esa persona. Lo que me importa es la plata. Porque con esa plata hacemos un mercado, compramos cosas muy ricas, le puedo comprar tenis chéveres a mis hermanos y repartimos con todo el barrio. Lo único que me importa es hacer el trabajo bien, o si no, no nos pagan. Contestó con una frialdad pasmosa.

-¿No tienes miedo a morir?, le pregunté en un intento de escudriñar sus sentimientos.

-”No, si a uno lo matan, pues se acabó”. Su respuesta me dejó helada.

-¡Vea monas!, no pongan esa cara. Si ustedes hubieran nacido en las comunas, lo entenderían. A veces la vida no le deja opción a uno. Y no es que no tengamos sentimientos. Porque cuando nos matan a un hermano, pues entonces también lloramos y nos entristecemos mucho. ¡Vea!, yo les pregunto ¿ustedes se ponen muy tristes cuando muere alguien que no conocen?¿A qué no? Pues es lo mismo. Dijo Elkin en un intento de que comprendieramos su postura.

Antes de irnos a dormir y por sellar la conversación le pregunté a Elkin “¿Si hubiera podido elegir, cómo le hubiera gustado que fuera su vida?”

Se quedó unos minutos en silencio, con su mirada perdida, suspiró profundamente y dijo -Pues a mí me hubiera encantado tener una mamá cariñosa, con un papá de esos que juegan con sus hijos, ¿no cierto?. Me hubiera gustado vivir en una casa bonita y estudiar para ser médico o arquitecto. Pero me tocó nacer en las comunas y hacemos lo que nos toca para sobrevivir.

Eran las dos de la madrugada, el tiempo había pasado volando. Nos despedimos de ellos y nos fuimos a dormir. A las siete de la mañana estábamos en pie, recogiendo las cosas. Ninguna de las dos había pegado ojo. Teníamos sentimientos encontrados. Elkin y Jhon, salieron de la carpa cuando nos escucharon y decidieron acompañarnos hasta el aparcamiento. Nos dejaron en la parada del bus que nos llevaría de vuelta a Medellín.

En el trayecto les dije que quería escribir lo que me habían contado. Estuvieron de acuerdo. Nos dieron las gracias por haber compartido con ellos sin repudiarlos ni mostrarles temor. Por unas horas se sintieron aceptados por personas ajenas a su mundo. Y nos dijeron que si queríamos visitarlos en Manrique, solo teníamos que ir y decir que éramos sus amigas. Nos dieron un beso en la mejilla y se alejaron.

Me sentía plena. Estaba ansiosa de llegar a Bogotá a redactar este reportaje.

 

NOTA: Al leer este reportaje pudiera parecer que hay errores gramaticales y falta de concordancia en el uso de algunos verbos. Pero creo necesario aclarar que los diálogos tal como están escritos, representan la forma de expresión de los personajes.

 
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