Cuando tus sueños se hacen realidad - (3ª Parte)

17 de Marzo de 2021

Recorrido hasta la vertiente italiana

Habíamos llegado al campamento a las nueve de la mañana, ninguna de las dos quería hablar con Marta. Así que Mylène me preguntó, si me apetecía hacer la travesía hasta el mirador de la vertiente italiana. Yo estaba encantada. Así que nos pusimos en marcha. Fuimos rodeando todo el pico por su lado izquierdo, ella me fue enseñando todas las vías clásicas que llegaban a la cumbre. Pasamos por la Goulotte o Couloir Chere 500m, uno de los corredores más fáciles. El Couloir Jager 650m., La Goulotte Petit Viking 500m. y  el Supercouloir del Mont Blanc de Tacul 800m. Me iba explicando las dificultades de cada uno de ellos y algunas anécdotas que conocía sobre los primeros aperturistas de esas vías.

Seguimos avanzando por este enorme glaciar. En algunas zonas el hielo era más fino, las grietas asomaban por doquier. Las que no se veían, pero se intuían, daban un poco de miedo. Hubo momentos de mucha tensión, sobre todo cuando nos apresurábamos sobre grandes puentes de hielo, que atravesaban grietas profundas. El hielo en algunas zonas era muy frágil e íbamos sorteando las zonas más complejas con mucho cuidado, teníamos que ir asegurando los pasos con la ayuda del piolet y la cuerda. El cielo estaba despejado y comenzaba a hacer calor, con lo cual teníamos que aumentar la precaución.

Yo me encontraba totalmente absorta ante tal grandiosidad. El contraste entre los grandes seracs y las inmensas paredes de granito le daba un aspecto totalmente salvaje al paisaje.

Sin embargo, me chocaba mucho ver los telesillas sobrevolando el glaciar para transportar turistas desde la Aiguille du Midi, hasta la vertiente italiana.

Después de dos horas de travesía, llegamos a la vertiente italiana. Podíamos divisar  la plataforma de llegada de las telecabinas, en la que se apeaban los turistas.

Desde este punto las vistas eran impresionantes. A lo lejos, asomaba erguido el pico Cervino y el majestuoso Macizo del Monte Rosa. La emoción nos invadía. Mylène ya había estado en este punto en varias ocasiones, pero se seguía conmoviendo con estas vistas indescriptibles. A mí me daba la impresión de estar viviendo un sueño maravilloso.

El regreso al campamento fue un poco más delicado. El calor se acentuaba debilitando aún más los puentes de hielo,  así que tuvimos que apresurar el paso. La verdad es que confiaba mucho en las técnicas de aseguramiento que utilizaba Mylène y a su vez, ella confiaba en las mías. Nos entendimos muy bien como cordada y eso es muy importante a la hora de aventurarse en escaladas de Alta Montaña.

Llegando al campamento, encontramos a Guiomar y a Hugo, les estuvimos contando los detalles de nuestra travesía y les dijimos que Mylène y yo intentaremos hollar la cumbre del Du Tacul al día siguiente. Hugo nos manifestó su gran deseo de formar cordada con nosotras, no quería regresar sin haberlo intentado. A las dos nos pareció bien, porque en las prácticas del día anterior lo vimos moverse con mucha soltura.

Durante la cena ultimamos los detalles y decidimos que saldríamos un poco antes, para evitar las aglomeraciones en el punto crítico de la ascensión. 

Marta se mostró disgustada, pues ella pensó que a primera hora desmontaríamos el campamento y nos bajaríamos a Chamonix, tanto así que amenazó con regresar sola al teleférico. La verdad es que en ese momento nos era indiferente lo que pensara. Le dejamos muy claro que bajo ninguna circunstancia nos iba a estropear las posibilidades que teníamos de escalar el pico antes de regresar. Y con esa premisa nos fuimos a dormir.

 La cumbre del Mont Blanc Du Tacul

El despertador sonó a las dos menos veinte de la madrugada. Mylène y yo nos vestimos rápidamente, encendimos el infiernillo y preparamos el té. Desayunamos y salimos de la tienda a las dos en punto. Marta se quedó en el saco de dormir, supongo que con tanto jaleo la despertamos, pero no dijo nada. 

Fuera de la tienda nos estaba esperando Hugo, estaba muy emocionado, su entusiasmo se transmitía con solo ver la sonrisa en su cara. No puedo negar que la felicidad me invadía. La luna llena iluminaba el traje blanco de la montaña. No se movía ni pizca de viento. Hacía mucho frío, lo cual era bueno para que las condiciones del hielo fueran óptimas. 

Nos encordamos, Mylène encabezaba la cordada, Hugo en el centro, ya que era el que menos experiencia tenía y yo, al final. Comenzamos a caminar a las dos y diez. Ya se divisaban algunas cordadas que habían madrugado más, pero había muchísima menos gente que el día anterior.

Durante el ascenso, encontramos algunos bloques de hielo que se habían desprendido de algún serac, no era de extrañar con el calor que había hecho el día anterior. Avanzamos con mucha soltura, pero con precaución. Cuando llegamos al punto de la rimaya, nos desencordamos. Mylène escaló los veinte metros sin ninguna dificultad, Hugo se encordó y ella lo aseguró desde arriba. Me sorprendió ver lo bien que se desenvolvió en la escalada, teniendo en cuenta que su única experiencia se remitía a las prácticas que habíamos realizado el primer día. Ha decir verdad, el hielo estaba en condiciones ideales para escalar. Una vez en la cornisa, nos encordamos de nuevo. Se trataba de un paso muy estrecho de unos veinticinco metros de longitud que finaliza en una pendiente amplia, de unos 50 grados de inclinación. 

Tras superar algunas grietas, llegamos a una zona con una pendiente larga y más inclinada. Unos sesenta o sesenta y cinco grados. En este punto, decidimos desencordarnos y continuar la ascensión individualmente. Cuando las pendientes son tan acentuadas, como algún miembro de la cordada sufra una caída, es muy difícil detenerlo y la posibilidad de que arrastre a los demás componentes es muy alta. Así que por prudencia, en pasos tan inclinados es mejor avanzar por cuenta propia, a no ser que se presente una rampa tan fuerte que haya que ir colocando anclajes. Pero ese no era nuestro caso.

Los tres estábamos disfrutando muchísimo. Teníamos algunas cordadas por delante, pero bastante más arriba, con lo cual la sensación no era de aglomeración y eso nos permitía avanzar con fluidez.

Cuatro horas después de haber salido del campamento, nos enfrentamos al último obstáculo. Una pared de escalada mixta, entre hielo y granito, de unos setenta metros de altura aproximadamente. La escalada era algo técnica, de una dificultad media. 

Mylène comenzó a escalar y yo la aseguré. Tuvimos que hacer tres largos, pues llevábamos una cuerda de treinta metros. En la pared encontró algunos clavos que le sirvieron de anclaje. Otros puntos los aseguró con tornillos de hielo. 

Me encantó ese tramo de pared, la escalada fue preciosa, los tres estábamos encantados y ya podíamos saborear el último tramo hasta la cima. Continuamos un poco más entre nieve y roca, hasta alcanzar la anhelada cumbre. Allí se abrió ante nuestros ojos una panorámica impresionante. El cielo estaba totalmente despejado. Al fondo de divisaba el imponente Monte Cervino, el Monte Rosa con su enorme glaciar, al lado contrario, podíamos ver el fastuoso Mont Maudi y su majestad el rey blanco, imponente, seductor, el famoso Mont Blanc (4807 m). No podía apartar mis ojos de él, unos minutos después, comprendí que me había conquistado. 

Hugo se subió a la punta rocosa más alta y ondeó su bandera aragonesa. Estaba henchido de felicidad. No se podía creer que lo había logrado. No dejaba de manifestar su agradecimiento por haberle dejado ser parte de nuestra cordada.

Después de hacer unas fotos, comenzaron a llegar más cordadas. La cima no es muy grande, así que tomamos la decisión de emprender el regreso. Di un último vistazo con la firme promesa de regresar.

El espíritu de la montaña estaba latente en todo el entorno y se confundía con mi propio espíritu y mi pasión por el montañismo. Por un instante me sentí extasiada, todo mi ser se sentía parte de aquel paraje. Ese instante mágico, fue interrumpido bruscamente, cuando Mylène nos llamó para iniciar el descenso. 

El descenso fue algo más caótico, ya que en la pared había varias cordadas subiendo y se dificultaba el montaje de los rapeles. Armados de paciencia fuimos bajando. El calor hacía que la nieve se reblandeciera y el peligro de caer en alguna grieta aumentaba. Así que intensificamos  la precaución. Una vez superados todos los obstáculos, el descenso fue más fluido. En el cielo se empezaban a formar grandes nubes, lo que anunciaba un cambio de tiempo, aunque aún hacía calor.

El Regreso

Cuando llegamos al campamento, era inevitable esconder la felicidad que nos inundaba.

Al lado de la tienda de campaña vimos a Marta y a Guiomar, quien se acercó corriendo a Hugo para darle un abrazo y atiborrarlo de preguntas. Al pobre no le daba tiempo de contestar.

En cambio, Marta al vernos torció su cara y se metió en la tienda de campaña. No nos dirigió la palabra. Nos sorprendió ver que aún no había preparado su mochila. Mylène dijo en voz alta y clara “tenemos que levantar el campamento lo antes posible, para que nos dé tiempo de tomar el próximo teleférico. Se notaba que había estado más veces en este glaciar, tenía los tiempos bien controlados. 

Una hora después, estaba todo preparado para iniciar el regreso. 

Debo confesar, que cuando abandono una montaña me invade una sensación similar a la que se siente cuando se despide a un amigo querido, al cual no volverás a ver en mucho tiempo. Así me sentía en ese instante y así me siento siempre que me despido de una montaña.

Nuevamente Mylène comenzó a encordarse y le indicó a Marta que se pusiera los crampones, para unirla a la cordada, a lo que contestó con un rotundo “NO”. La situación me pareció un “déjà vu”. Ya habíamos pasado por eso. En ese momento, le dije a Mylène, “no te preocupes, nos encordamos tu y yo y que Marta progrese por libre”. No merecía la pena volver a tener esa discusión. Así lo hicimos. Ella se enfurruñó aún más y comenzó a avanzar delante de nosotras.

Marta nos sacó unos cincuenta metros de ventaja. De pronto se detuvo. El calor de esos días había hecho sus estragos, las grietas mostraban su cara más cruda. Y ahí estaba, frente a una grieta amplia y profunda. Cuando llegamos a su altura, por fin decidió hablar. “Quiero encordarme” nos dijo. Ante lo cual, le respondí de forma contundente, si no te pones los crampones, no te unes a nuestra cordada.

Como es de imaginar, no le quedó más remedio. La dejamos en el medio y fuimos sorteando los obstáculos, hasta encarar la arista que conduce a la plataforma del teleférico.  Se trata de una obra de alta ingeniería. Es una construcción admirable. Pero si lo piensas bien, me asalta un sentimiento de pena. Pues esta gran construcción facilita la entrada de cientos de personas al corazón de la montaña. Ver un glaciar con más de cuarenta tiendas de campaña y lleno de porquería, es una situación que se aleja de la visión que tengo del montañismo.

En los Andes colombianos y ecuatorianos, no tenemos estas infraestructuras, con lo cual se accede a los glaciares después de varios días de travesía, portando todo lo necesario a la espalda. El esfuerzo es enorme, con lo cual se anima menos gente y no se viven las aglomeraciones.

Subimos al teleférico, dejando atrás la montaña. El Mont Blanc conquistó mi corazón, como esa estrella que ilumina mi universo, que aunque lejana, parece estar muy cerca y llena todos mis sentidos. Quizás nunca alcance esa estrella, pero por siempre brillará en mi corazón. Además de la alegría de haber cumplido uno de mis sueños, he de decir que gané una amiga. Mi experiencia con Mylène fue como el amor a primera vista.

Una vez en Chamonix, Mylène me propuso viajar con ellas a Marsella. “Tengo muchos deseos de que conozcas Les Calanques. Es un paraíso de escalada. Además, tienes un autobús que va directo de Marsella a Zaragoza”. Cómo podía negarme a tal ofrecimiento. Era mucho más de lo que había soñado. Obviamente Marta dejó ver su desaprobación, pero no le quedó más remedio que aguantar. 

Así que después de comer, subimos al coche de Mylène y emprendimos el viaje a Marsella. Pero esta será otra historia.

FIN
 
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