El arte de contar historias

18 de Noviembre de 2020

Hay muchas formas de contar una historia y en eso consiste la magia de la palabra escrita. Según cómo nos narren un hecho, nuestra mente dibujará la escena de una manera u otra y esto también influirá en la percepción que haga del mensaje la persona que lo lee.

El que escribe las historias tiene el poder de introducir al lector en un escenario determinado haciendo que sus emociones experimenten las sensaciones que se ha propuesto.  
Y en eso consiste el “Story Telling”, en el arte de contar las historias de tal manera, que implique las emociones del lector.

Para mí es muy importante explorar los diferentes estilos de narración. Ese ejercicio me ayuda a desarrollar la habilidad necesaria a la hora de plantear una historia y conseguir la reacción que deseo en los lectores.
Narrar un hecho con diferentes estilos es un ejercicio muy interesante y a mí me resulta muy divertido y enriquecedor.

El siguiente artículo es una propuesta, en la que el narrador realiza la  descripción de una zona de la ciudad en que nació y pretende que el lector se introduzca en este lugar como quien observa una fotografía en movimiento.
En este ejercicio, el narrador se presenta como protagonista de la escena.

Al finalizar la descripción, el narrador recuerda un hecho, algo que sucedió en el pasado y plasma con su pluma lo acontecido. 
Ese mismo acontecimiento, lo utilizo para explorar algunos estilos narrativos.

Evocando mis recuerdos.

Y me acercó una taza de café humeante, estaba recién hecho, su olor intenso me hizo evocar esa ciudad custodiada por los cerros de Monserrate y Guadalupe, dos emblemas de más de tres mil metros de altura, que vigilan el centro capitalino de mi querida Bogotá. Recuerdo la Séptima, una avenida llena de contrastes por la que paseaba en mi juventud. Sus anchas aceras, en las que emergen grandes rascacielos que pintan la calle de modernidad. Me parece ver a los cachacos galantes paseándose con su gabardina y su sombrero, los zapatos brillantes  y un paraguas abierto para protegerse de la lluvia fina e incesante que, a pesar de ser molesta, le da un toque de romanticismo.

Se trata de una arteria viva, en movimiento continuo, en la que la gente abarrota las calles caminando de prisa, mientras otras personas se agolpan en los bares, de los que emana un agradable aroma a café. La cara del rebusque se retrata en los vendedores ambulantes que circundan la vía ofreciendo todo tipo de mercancías, desde cinturones de cuero hasta esmeraldas, en contraste con las tiendas elegantes, enarboladas con escaparates que permiten ver el lujo de los artículos que ofrecen. 

Los autobuses repletos de viajeros, los taxis y los coches particulares circulan en un continuo y frenético movimiento, recorriendo de sur a norte y de norte a sur, la gran avenida.

Los rieles del tranvía permanecen como grandes cicatrices que recuerdan el pasado, desembocando en la gran Plaza de Bolivar, el punto de partida que dio origen a la ciudad. En frente se alza la monumental Catedral Primada de Bogotá, como un estandarte de la cultura religiosa que impuso la conquista española.

En este punto, se adentra la calle y recorre el corazón palpitante del barrio de la Candelaria, en el que sus callejuelas estrechas, empedradas y siempre cuesta arriba, cuentan la historia y los hechos que allí acontecieron desde la conquista hasta la época colonial, han visto pasar toda la historia de la ciudad. Aún sobreviven sus casas de aleros decimonónicos y balcones coloniales, con sus patios en los que se instalaron fuentes de piedra ornamentando las estancias. Me adentro por sus calles y en la esquina veo la casa del Florero. Enseguida puedo percibir el olor del pasado. Sigo caminando y paso por la Plazoleta del Chorro de Quevedo…

Bebo otro sorbo de café y asalta a mi memoria el recuerdo de un acontecimiento que sucedió justo en esta Plazoleta…

Serían las diez de la mañana. Me encontraba paseando y mirando  las tiendecillas de artesanías que están en la Plazoleta del Chorro de Quevedo, cuando algo llamó mi atención… 

Los hechos

Era mujer alta, de cabello negro, largo y ondulado, vestida con traje rojo de chaqueta americana y minifalda, medias transparentes y zapatos rojos de tacón, de diez centímetros por lo menos, terminados en punta. De su hombro colgaba un bolso de cuero de gran tamaño…. caminaba de lado a lado en actitud de esperar a alguien que, evidentemente, llegaba tarde. Ella miraba el reloj cada diez segundos. Parecía nerviosa, impaciente y enfadada.

De repente aparece un jovencito, de unos quince años, vestido con vaqueros raídos y sucios, una sudadera negra y zapatillas…Se acerca a la muchacha, agarra el bolso y tira fuertemente de él. Ella agarra con fuerza la asidera del bolso en un intento de ganarle el pulso al ladrón, pero esté tira tan fuerte que la desestabiliza. Ella cae al suelo mientras él corre sin mirar atrás. Ella se levanta y descubre que se le ha roto un tacón. En ese momento aparece un hombre alto, elegante, se acerca a ella con la intención de darle un beso y a cambio recibe una bofetada. Él se pone la mano en la mejilla y se queda mirándola perplejo, mientras ella se marcha cojeando, con la falda manchada, las medias rotas y el zapato en la mano.

Pronosticaciones

Cuando llegues a la esquina de la plazoleta del Chorro de Quevedo, a las diez de la mañana, verás a una mujer alta y elegante, vestida con traje rojo y zapatos de punta y tacón alto y su enorme bolso colgando del brazo, moviéndose histérica de un lado a otro, mientras mira impaciente su reloj y…, entonces observarás como un ladronzuelo de poca monta, sucio, vestido con vaqueros viejos y sudadera negra y zapatillas para correr, se acerca a ella, le agarra el bolso y en el forcejeo la tira al suelo. 

Entonces observarás que ella se levanta despeinada, con la falda sucia, el tacón de su zapato roto y las medias agujereadas. 

En ese momento llegará el hombre que ella esperaba y que se había retrasado. Cuando él se acerque a darle un beso, culpándolo, le arreará una bofetada y se marchará cojeando con el zapato en la mano. 

Él permanecerá inmóvil, con cara de tonto viendo cómo se marcha la muchacha.

Sínquisis

Enfurecida vi a la muchacha porque su hombre no llegaba a la hora de la cita. En medio de la espera, entre ir y venir nerviosa, veo como un joven de malas pintas, se le acerca y con mala sangre va y le arrebata el bolso, dándole tal tirón que al suelo la avienta. Ella se levanta con el traje rojo estropeado y el zapato roto en la mano. Y en eso que llega el hombre al que ella esperaba, con cara de pavo, sin reparar el estado en el que ella se encuentra, se acerca a darle un beso como si nada. Entonces la chica descarga tremenda bofetada en su cara, pues si él hubiese llegado a tiempo nada de esto habría pasado. 

Sin más explicaciones ella se marcha, y él se queda parado en medio de la calle con cara de tonto sin hacer nada.

Vacilaciones

No me acuerdo bien dónde vi aquel hecho que se me quedó grabado en la memoria,  ¿en una calle del barrio, en el parque, en el bulevar?

Quizás lo vi en la plaza… ¡Entonces!… ¿no sé muy bien lo que vi? ¿Algo rojo o a alguien vestido de rojo? Creo que sí… ¡seguro que se trataba de una mujer con traje rojo! ¿Pero por qué me fijé en ella?¿Por su elegancia o porque no paraba de mirar el reloj moviéndose de un lado a otro sin parar? O tal vez porque notaba su ansia… ¡No! fue por su desesperación o para ser más preciso…por su enfado. Sí, eso es, estaba demasiado furiosa.  ¿Pero por qué  estaba tan irritada? Tal vez esperaba a alguien… Pero se le acercó un malhechor y evidentemente la atacó…¡sí, así fue! le robó el bolso y ella cayó al suelo. Después ella se levantó con el zapato roto en la mano.

Otro hombre trajeado se le acerca, creo que es el que ella esperaba. ¿Intenta besarla? ¡creo recordar que sí! -Qué raro-… Ella le mira y le suelta tremendo bofetón… Sí, sí, y se va oronda… ¿Y él, qué hace él? ¿La sigue o se queda?…

¿Cómo era?… ¡Ummm..! Ah sí!…, se queda con la mano en la cara viendo como se aleja.

Alejandrino

En una fresca mañana, yo sola deambulaba por las callejuelas lánguidas de la Candelaria. Iba sin rumbo, observando a la gente que pasaba indiferente de perdida mirada. 

En la Plaza, resaltaba la figura esbelta de la mujer colorida que de aquí para allá, parar no podía. Y un joven seco, desaliñado y de porte siniestro, al paso avanzaba directo y sin vacilar hasta alcanzar el bolso de aquella desafortunada. Y en un tira y afloja, el truhan corre con el botín en sus manos, mientras ella cae al suelo tendida… 

Se incorpora maltrecha con el zapato en la mano, el cabello enredado y su vestimenta  manchada…

Y enseguida, observo al hombre con estampa elegante que raudo se dirige hacia la mujer, y en acto galante, acerca sus labios a la cara desencajada de la desdeñada…

¡Oh… pero cuál es mi sorpresa!, al ver cómo se eleva la mano de ella y aterriza con fuerza en la pálida cara, desarticulando la mueca del desprevenido visitante.

Y veo como ella se aleja con su figura deshecha portando en la mano su zapato estropeado… Y el hombre, perplejo y desentonado, se sujeta la cara sin entender lo que ha pasado…

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